El hombre estaba parado a la entrada del Metro. Era alto, de mediana edad y su estructura hacía juego con el volumen de su cuerpo. Tenía el pelo y los ojos negros, estaba bien vestido y aunque no asustaba a la gente cuando les estiraba la mano para entregarle a los transeúntes una hoja de papel con algo escrito, tanto a los que entraban como a los que salían de la estación que tenía una inmensa escalera que bajaba hasta donde pasaban los trenes, mucha gente lo rehuía. Se hacían que no le habían visto y sin voltear a verlo se alejaban. Unos, se aferraban a lo que traían en la mano como si él se lo fuera a arrebatar, cuando en realidad estaba ofreciendo algo. Otros, miraban deliberadamente en otra dirección como para crearse la excusa que no le habían visto. Sin embargo, había otros, pocos, por cierto, que tomaban la hoja, pero de éstos, algunos no la leían sino que la tiraban al piso o a algún cesto de la basura sin ni siquiera leerla. Un mínimo grupo la guardaba o seguía caminando con la hoja en la mano sin leerla, no sé si para no infundirle irrespeto al hombre, o simplemente porque no tenían tiempo de leerla allí mismo, cosa que, dicho realmente, era bastante difícil ya que la gente que se acercaba o salía de la estación siempre iba caminando muy apuradamente y, precisamente, por eso era que querían tomar al Metro, para llegar pronto a su destino. Pero el hombre seguía en su empeño ofreciendo las hojas a los transeúntes.
Llegaba temprano todos los días con una caja donde tenía las hojas y la ponía en el piso cerca de él, a esa hora cuando el tráfico humano que salía parecía que era mayor que el que entraba, y sin bloquear al paso, se instalaba estratégicamente al lado de la escalera. Pero su trabajo parecía inútil y solamente era apoyado por su persistencia en repartir las hojas. Allí permanecía sin comer ni beber nada, con calor o con frío, y solo se retiraba después que los trenes de la tarde se habían llevado a los pasajeros que se devolvían a sus casas. Cuando ya estaba prácticamente oscuro, entonces depositaba las hojas que le habían quedado y las ponía en la caja, luego se daba una vuelta por los alrededores de la entrada de la estación y recogía las hojas que la gente había tirado, separándolas entre inservibles y servibles, tirando las primeras a la basura y las segundas en la caja, luego se iba caminando con un rumbo desconocido llevándose la caja bajo su brazo.
Yo no lo miraba todo el tiempo pero cada vez que pasaba por la estación, que era casi todos los días, allí estaba el repartidor de hojas. Solo la lluvia le impedía su trabajo. Si le agarraba desprevenido, ponía todas las hojas en la caja y buscaba un refugio cercano, en alguna tienda o bajo un toldo, pero como una madre parida que no dejaba su nido, regresaba inmediatamente y continuaba incansablemente su tarea.
Pasados unos meses cambié de trabajo y tuve que irme a otra parte de la ciudad, y buen día regresé precisamente a esa área por la estación del Metro donde estaba el hombre que repartía las hojas, y en la medida que subía la escalera hacia la calle no pude evitar acordarme de él, y en efecto, puntual como un reloj, allí estaba parado a la salida.
Lo reconocí por la espalda al verle el mismo traje que traía siempre, todos los días del mundo, solo que al pasar a su lado le vi mucho más viejo que hacía solo unos meses antes. Me extrañó que hubiera envejecido tanto en solo unos meses al punto que me dio miedo acercármele y caminé esquivándole la hoja que me ofreció.
Él no me notó mi desprecio y continuó inmutable ofreciendo sus hojas de papel. Por supuesto que la historia se repetía con los transeúntes y él: la gran mayoría le esquivaba las hojas y solo la gran minoría las aceptaba, y un par de segundos más tarde las tiraban. Yo continué mi apurada caminata hacia el sitio donde tenía que ir y ese día regresé por otra vía, de modo que no pude ver si el hombre estaba allí o no. Además, como había estado lloviendo, pensé que era muy probable que no estuviera allí. No pude olvidarme de la impresión que me había causado lo que había envejecido en tan poco tiempo, pero luego con el afán del viaje se me olvidó.
Eran tiempos malos que cada vez se habían empezado a hacer más difíciles. No solamente la situación económica sino la política también se había deteriorado. Pasó casi un año en el que por ninguna razón no regresé al centro y en una nueva oportunidad, aunque no tenía por qué hacerlo, me bajé en la estación esa nada más que para ver si el hombre estaba parado allí repartiendo las hojas. ¡Y si estaba!, excepto que se había puesto muchísimo más viejo.
Estaba empezándose a encorvar y cuando estiraba el brazo ya éste no llegaba tan lejos. Todo lo demás seguía igual: la gente pasaba corriendo a su lado, esquivándolo, hasta empujándolo cuando se acercaba mucho, haciéndolo a un lado para que no interrumpiera el tránsito humano que se había hecho más grande que nunca porque la situación económica obligaba cada día más a la gente a usar el transporte público, y en esa ocasión pude ver cuando el hombre se le acercó mucho a una señora, un agente de policía se le acercó y le tomó por un brazo y lo apartó tanto de la puerta de la estación que perdía toda oportunidad para entregar las hojas porque por ese lado casi no pasaba nadie excepto los autos de la calle, los pocos que pasaban, y los autobuses, los muchos que pasaban, pero sin detenerse cuando él les hacía señas con la hoja en la mano para que se la tomaran. En medio de esa confusión, pasaron unos muchachos y le patearon la caja que tenía en el piso y le regaron las hojas en el suelo que estaba mojado por el aguacero que había caído esa tarde, y casi todas quedaron inservibles. Cuando me retiraba pude ver al viejo agachándose a recoger lo que le había quedado. Cuando regresé tarde ese día, ya se había ido, pero todavía pude ver muchas hojas pegadas al piso de la acera y la calle, que el viejo obviamente no pudo recoger.
No regresé al centro sino hasta muchos meses después y nuevamente, al recordarme del hombre, me bajé en la estación donde él debía estar. Me apuré a subir por las escaleras y no lo ví sino hasta que llegué arriba. Ya no estaba parado en la puerta de la estación sino más allá. Ya no era alto sino encorvado. De la altivez que tenía hacía un par de años, ya no le quedaba nada. Tenía anteojos negros de los que usan los ciegos y las hojas las repartía meneándolas para que alguien las tomara de su mano, cosa que nadie hacía porque estaba muy lejos de la multitud. No decía nada, solo estiraba la mano temblorosa que sostenía una hoja. La curiosidad no la pude contener y apartando a la gente me fui hacia él y tomé la hoja, mejor dicho, tuve que darle un pequeño jalón para que supiera que se la estaba quitando, y cuando él sintió que alguien la quería, solamente me dijo gracias, era la última. Se sonrió y se quedó parado atisbando con sus anteojos negros por encima de mi hombro con una cara ajada, pero de satisfacción.
Con el apuro que llevaba no me detuve a leer la hoja sino que me la guardé. Caminé hasta que entré a un café y la puse sobre la mesa, la planché con la mano y la leí: Para ser libre, solamente hay que creer que uno es libre, decía.
Ese otro día, mientras viajaba en el Metro leí en el titular del periódico que la mayoría del Congreso había aprobado una serie de medidas antiterroristas entre las cuales se destacaban restricciones a los derechos a la libertad de expresión y las comunicaciones las cuales podrían ser interferidas sin orden judicial porque la situación demandaba la intervención a toda la ciudadanía por el bien común y la democracia. Entonces me pregunté, ¿podré criticar al Gobierno como lo hacía antes?, y pensé rápidamente que mejor era que no porque en el fondo no sabía si el Gobierno tenía razón. Aunque después de todo, el Gobierno era responsable de mi seguridad, y en mi seguridad se basaba mi felicidad. Estaba confundido.
Cuando salí en la estación, el viejo no estaba allí. Entonces empecé a pensar en lo que decía la hoja de papel.
FIN
Foto por By David Maiolo, CC BY-SA 3.0, Link

Luis Salomón Barrios
Escritor
Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.

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