¡Paris!, dijo Claude después que tomó una gran bocanada de aire en la puerta de su mansión, y la saboreó como quien acaba de saborear un buen paté, o un pato a la naranja, o un buen vino de Borgoña, porque para él, lo primero que él hacía al salir a la calle era tomar una gran bocanada del aire que él decía que era único en la faz de la tierra porque era distinto, y mejor, que el que había en el resto del planeta.
Decía que sabía a París, una combinación de algo que él no sabía explicar porque no sabía decirlo, pero para él, sencillamente era lo mejor, y lo disfrutaba, lo degustaba, lo sentía como se le iba hasta muy adentro de su cuerpo para revitalizarlo, darle vida, darle renovadas energías para enfrentarse al mundo que estaba afuera de su casa ubicada en el Bulevar del Hospital, una de las principales avenidas en la margen izquierda del Sena que pasaba al otro lado a través del puente Austerlitz, apenas a escasa distancia de la estación ferroviaria de Austerlitz, cosa que le molestaba enormemente porque el ruido de los trenes le perturbaban en sueño, por no decir los pitazos que lo hacían saltar de la cama y que no era posible hacerlos callar a pesar de las miles de cartas que le había enviado a la compañía de trenes y que ni le respondía, luego a la policía, que tampoco le respondía, a la alcaldía, que menos le respondía, y a otros tantos organismos políticos de la ciudad de París, que tampoco le respondían, ni una vez, ni siquiera porque les argumentaba que él tenía derecho a que no le molestaran, sobre todo de noche, que era un derecho constitucional que él sabía que estaba en la Constitución que él mismo había firmado cuando se constituyó la república que abolió la monarquía. Pero que de nada le servía, ni porque una vez amenazó con suicidarse en la propia vía férrea, y como no sirvió de nada el argumento, decía Claude a quien le preguntaba algo sobre su disgusto contra los trenes, en venganza le hicieron otra línea férrea frente a su propia casa, como para añadirle insulto a la injuria, esta vez del metro, pero como tortura adicional porque si bien el metro corre por debajo de la tierra, allí le hicieron una línea elevada, y él ahora tenía que mirarla obligatoriamente cada vez que salía de su casa para dirigirse al único paseo que él hacía, el Jardín Botánico, o de Las Plantas, como se le llama en París.
Su casa era la conocida mansión de Salpêtrière, una construcción espantosamente grande que su familia había adquirido hacía más de dos siglos. Era una edificación magnífica que había sido construida en el siglo XVII, en una de las mejores épocas de la gran monarquía francesa y por eso era de tamaño majestuoso, aunque apartada del centro de la ciudad.
Estaba cerca del Jardín de las Plantas, que era tan antiguo como la casa, y como no había más nada de importancia en los alrededores, cuando la hicieron, su presencia dominaba el horizonte. Se veía perfectamente el río y la gran ciudad, a pesar de ver solamente un montón de casas entre las que apenas se divisaba durante los días que había muy buena visibilidad, a las torres de la Bastilla, la famosa prisión que ya casi no albergaba sino a prostitutas y a algunos presos políticos de importancia cuando estalló la revolución, un día inolvidable para Claude.
Ese día, como los otros, decía él a quien se disponía a oírle, porque ese es el mal de los ancianos, que nadie quiere oírlos, que él sabía perfectamente lo que iba a suceder porque los rumores venían rodando solos, excepto que algunos los creían y otros no, según les conviniera, pero él era de los pocos que aun siendo de la clase social nobiliaria no dejaba de darse cuenta que la situación iba de mal en peor, porque la situación económica era insostenible, y el propio Rey no hacía nada para resolverla, por lo que él se preparó para lo peor, lo cual, por supuesto, sucedió.
Decía Claude, que se acordaba que ese 14 de julio él no salió a la calle sino hasta varios días más tarde cuando ya la situación había disminuido un poco y pudo llegarse hasta el famoso castillo que ya estaba totalmente desocupado después de haber sido abatido por la muchedumbre enfurecida contra el Gobierno, o sea el orden, el rey. Después de eso, siguió el desarrollo de lo que fue la República Francesa, es decir, el fin de la monarquía, pero el comienzo de una época de grandes desórdenes y cambios políticos, sociales y económicos, no solo para Francia sino para el resto de Europa, y hasta del mundo.
La familia de Salpêtrière, contaba Claude, venía de una larga historia ligada, aunque no muy de cerca, a la monarquía francesa. El padre de Claude le había dejado su título, que a su vez lo había heredado del abuelo, pero él no era muy amigo de usarlo porque se había venido convenciendo que la situación empeoraba con los años, luego con los meses y ahora con los días, al punto que según él decía, aunque en voz baja, que tendría que reventar de una manera explosiva.
Claude iba con frecuencia hasta la ciudad de París a conversar con los intelectuales, o mejor dicho, a intercambiar ideas con los que hablaban de la necesidad de hacer cambios tan grandes, que había que deshacerse de la monarquía y el sistema de opresión que ella significaba, así tuviera que haber un baño de sangre, y cuando Claude oyó ese presagio, se le heló la espalda porque él se dio cuenta que los filósofos y revolucionarios comprometidos tenían razón: si no era con un gran golpe de estado contra el sistema monárquico, la situación no cambiaría, y por eso él se comprometió con ellos, aunque desde lejos, es decir, con ni develarlos ni entorpecerlos, y eso era más que suficiente, así no saliera a la calle a luchar, como sucedió ese día, el 14 de julio y los subsiguientes cuando la ciudad se bañó en sangre. Pero eso sólo fue el preámbulo de lo que había de venir, y cuando aún años más tarde Claude contaba esos episodios, hundía la cara entre sus manos y lloraba porque decía que lo veía como si fuera ayer, y reconocía que él no había hecho nada, y tal vez por eso lo podía contar hoy ya que todos sus amigos habían desaparecido.
Los que le conocían, tan pronto empezaba a hablar de aquellos días revolucionarios, cambiaban el tema de la conversación para forzarle a que él también cambiara el tema. A veces resultaba, a veces no, y pasaba horas relatando historias terribles de luchas callejeras, de motines, de guerras en las calles de París, de arrestos en masa, desaparecidos, muertos, hasta que se había puesto orden con un gobierno revolucionario que empezó a guillotinar a medio mundo a nombre de la revolución.
Acabaron con la monarquía y también con muchos más, entre culpables e inocentes. Destrozaron a la Bastilla, y abrieron muchas prisiones. El Sena se tiñó rojo y pagaron muchos justos por pecadores. Hablar de eso so lo dejaba extenuado, por ello, cuando él mismo sentía que esas memorias venían a asaltarlo, porque las sentía venir, a traición, sin que él las estuviera buscando y sin poder esquivarlas, acompañadas de un dolor de cabeza que le producía recordar esos pasajes de orgías sangrientas, decapitaciones, abusos de un lado y del otro, de incapacidad para actuar, para escapar, para salirse de ese caos, entonces él no podía sino abrir la boca para sacar todo ese infierno de su cuerpo y por eso tenía que contarlo, y mientras más detalles daba, era mejor, para sacarse ese volcán que lo destruía como un gusano que se alimentaba de carne muerta.
Claude se paró en la puerta y se volteó cuando llegó a la línea del metro que tenía sobre su cabeza. Aprovechó que el viaducto le tapaba en sol en la cara y miró hacia su casa, bella, aguantando el peso del tiempo como si nada. Igual que como había estado allí desde que su bisabuelo, el primer conde de Salpêtrière, distinguido caballero de la corte de Luis XIV de Borbón y quien le hiciera posible que su bisabuelo adquiriera la mansión donde él vivía ahora, y que había tenido que ser remodelada, mejorada muchas veces, porque inicialmente había sido un cuartel con un gran depósito de municiones, pero que cuando se la cedieron a la familia Salpêtrière, la convirtieron en una mansión, tal vez un castillo, y que ahora estaba en una de las mejores zonas de la ciudad, hasta que le construyeron la estación ferroviaria y la echaron a perder por lo del ruido.
¡Austerlitz, Austerlitz!, repitió Claude, y para colmo un nombre alemán, como si fueran nuestros amigos todos esos hunos que no han hecho sino envidiar a Francia, su grandeza, su comida, su buen gusto, su refinamiento, su música, sus artes y sus letras, su libertad, y ahora le dan ese nombre a una estación de trenes, bueno, tal vez se lo merece por ser un manicomio ambulante eso de los trenes, lleno de ruido, de humo pestilente, de gente ordinaria. Tal vez lo único bueno es que conmemoramos nuestra gran capacidad militar contra ellos, porque nuestra Grande Armée nunca tuvo una mejor victoria que ésa. ¡Ah, Francia! y París, la ciudad luz, la capital del buen gusto, de la moda, de la gran música, la gran comida, de la Revolución, todo, todo, todo lo grande surge aquí. Así discurría Claude volteando alrededor como un faro cuando un pitazo en la distancia lo sacó de su trance y lo volvió a la realidad de estar a pocos metros de la estación donde oían los chirridos y los pitazos, sin olvidar los trenes del metro que corrían sin cesar sobre su cabeza.
Claude había salido a tomar el sol de la mañana y pensaba tomar su caminata de rutina. Se llegaba hasta la esquina para saltar a la otra acera para enfilarse hacia la Rue Poliveau, y continuar hasta la Rue Saint-Hilaire, a pocos metros de la Sorbona, allí cruzaría a la derecha hasta llegar al Museo de Historia Natural, uno de sus lugares favoritos, con esas exposiciones que eran de las mejores, si no la mejor del mundo. El Jardín de las Plantas, el más grande de Francia, que estaba no solamente lleno de plantas sino de museos: el de la evolución, el de mineralogía, el de paleontología y el de entomología Allí solía pasar horas enteras, atrapado entre mundos maravillosos que lo transportaban desde millones de años atrás, al presente.
El ruido ensordecedor del tráfico automotor era mucho para él, pero tenía que soportarlo, y en lo que vio un banco, se sentó. Estaba cansado, aunque no había caminado mucho, estaba cansado. Era la edad. Claude estaba viejo. Se sentó a mirar pasar los autos porque no sabía cuándo llegaría al Jardín de las Plantas. Trataba todos los días y no lo conseguía, y tal vez por eso se había vuelto algo entre una tragedia y un desafío, porque si bien antes lo podía, ahora todo le costaba demasiado esfuerzo, y últimamente, ni siquiera llegaba a la mitad del camino. Eso era, cada vez menos. El cuerpo le pesaba. Cada vez le quedaba más lejos y él, en medio del ruido que tenía en la cabeza constantemente, el de los trenes, del metro, de los carros, de la gente, de los gritos que oía a media noche, de la gente que no paraba de hablar y no lo dejaban dormir porque lo despertaban, tal vez sin querer, o tal vez queriendo, no importaba, porque no le dejaban tomar la siesta sin que lo importunaran para sacarlo de la cama, para ir al baño, para llevarlo al comedor a comer esa comida que ya no le gustaba más porque le parecía que era la misma, todos los días iguales, monótonos, sin sentido, atendido por criados maleducados, a los que despedía pero llegaban otros iguales, de mucamas que no lo respetaban, de no oír una voz cariñosa de parte de nadie, sino contadas excepciones como la de su hija, Roxanne, que llegaba a veces a hablar con él, y que a pesar de vivir en la misma casa no venía lo suficientemente a menudo como él deseaba, porque ya no tenía a más nadie, pero ese día, cuando sintió una mano en su hombro sí la vio toda vestida de blanco, era Roxanne, tan joven, tan bella, tan dulce como siempre, que se le había acercado a hablarle, a oírle, y lo estuvo escuchando por un rato, le pasó la mano por la cabeza, y hasta que le dijo que estaba haciendo mucho sol y era mejor que regresara a la casa. ¿Al palacio?, le preguntó Claude. Sí papá, al palacio.
En realidad Claude no había salido. Estaba en el jardín frente al edificio desde donde se veía el Bulevar del Hospital, a unos pocos metros de la estación de Austerlitz, donde él había estado viviendo por las últimas cuatro décadas, desde que toda su familia se fue de allí y lo dejaron recluido, sin remedio, sin esperanzas, pero sin que él lo supiera porque la razón lo había abandonado desde que un día en mayo de 1968, cuando él estaba en la universidad en su cátedra, llegó la policía y entraron a su salón, en tropel, persiguiendo, dando golpes, atropellando, causando destrozos, porque los alumnos se habían revelado contra el gobierno, mientras los trabajadores marchaban en las calles y se pararon las fábricas, los trenes y los autobuses, y los aeropuertos, y masas de gente que corrieron y gritaron en las calles logrando una huelga general por lo que el gobierno disolvió la Asamblea Nacional y cuando casi se logró derrocar al presidente De Gaulle, quien tuvo que huir momentáneamente a Alemania, éste logró regresar y aplastar el movimiento, pero no sin haber dejado una gran cicatriz en la sociedad francesa. Desde ese día cuando recibió un gran golpe en la cabeza por un policía, Claude Montand, profesor de historia y cultura francesas, quedó condenado a revivir la revolución todos los días, a ver la Bastilla de su imaginación desde el calabozo de su cuarto, el humo en las calles, los heridos por la policía, París en llamas, a ver a la gente en tumultos en la estación del tren, corriendo de un lado a otro como si estuvieran huyendo, de tener que ser sometido a tratamientos para se recuperara y volviera a la realidad del ejército de lunáticos que convivían con él en ese hospital porque nadie más lo esperaba en este mundo, de tener que ser llevado al jardín para que viera la calle, desde lejos, ya sin miedo de que se escapara porque así como su mente estaba atrapada en el tiempo, su cuerpo estaba atrapado en el manicomio, cumpliendo la condena de haber participado en su revolución por culpa de haber querido mucho a su país, lo suficiente para haber deseado liberarlo de sus sufrimientos, del gobierno que fuera.
Photo by Mbzt – Own work, CC BY-SA 3.0, Link

Luis Salomón Barrios
Escritor
Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.

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