Indalecio era un indio alto, si se le comparaba con los otros indios de los llanos entre el Apure y el Meta, una tierra amplia que abarca muchísimos kilómetros cuadrados, algo más que varios países de Centro América puestos juntos; una tierra que cambia muy poco porque está marcada por dos estaciones, la lluviosa y la seca, una con más calor que la otra. De mucho sol y de menos sol.

De color terroso él, de cuerpo moldeado por el trabajo; de rostro esculpido sin terminar, de labios delgados y dientes blancos, de manos cortas pero de apariencia muy fuerte, como si fueran dos alicates, de pies anchos y secos que enseñan todos los dedos como si fueran tan planos como la barriga de un caimán, las uñas muy oscuras a las que no se les podía adivinar el color; de ojos rasgados, profundamente negros y rapaces, sin arrugas en la frente, el pelo liso y siempre corto como si se lo acabara de afeitar, de poco hablar y mucho pensar, así era Indalecio desde que lo conocí cuando llegó a San Fernando de Apure, un pueblo inundado por el calor, la plaga, el polvo o el barro, menos por el sentido de progreso que se reflejaba en la monotonía y el letargo, atraso diría yo, que movía a la gente todo el tiempo: no iban hacia el futuro sino que no salían de su presente que siempre estaba en el pasado. Allí llegó Indalecio a la bodega de mi padre, don Salmerón, como todo el mundo le decía a él, uno de los comerciantes más prósperos de esa parte del llano que vendía todo lo que la gente necesitara, desde dulces y anzuelos hasta ropa y remedios, sin fiarle a nadie sino a las viudas, al médico y al cura, nunca al Jefe Civil, y menos al único abogado que había que solo se especializaba en embargar a los morosos y hacer trácalas para robarse los bienes de los que pasaran por su bufete aunque fuera a preguntar.

La vida de todos circunnavegaba alrededor del sol, pues al llegar la noche, nada bueno quedaba afuera, decía mi padre, y todo el mundo debía estar en su casa, y si posible, acostado, para tener fuerzas para ir a trabajar al día siguiente, después de oír misa, por supuesto. Indalecio llegó con su pisada de fantasma, pues se hacía presente como los aparecidos, sin que nadie lo esperara, sin hacer ruido ni mover el aire. Uno volteaba, y lo veía mirándolo fijamente a uno. Uno espabilaba, y ya no estaba. Mi padre decía que era tan rápido como una mosca. Yo creía que volaba. Siempre lo veía grande y me impresionaba, pero él a mí, me sonreía, y yo a él le contestaba. Pero ese era el límite de nuestra amistad. Él, un indio, y yo, un niño.

Solo hasta que me hice un poco grande, pude entender eso de que teníamos dos estaciones, una de verano y otra de invierno, como le decían a la que no llovía y a la que llovía. Yo me paraba detrás del mostrador que era tan largo como cuatro mesas de comer, de un lado a otro de la sala del frente de la casa que miraba hacia la calle a través de tres puertas de madera muy altas y pintadas de azul. Era de madera y estaba cubierto de una fina hoja de lata ajustada con clavos, de punta a punta, y tenía la particularidad de irse calentando con el pasar de las horas del día, sobre todo cuando el vaho de la calle entraba en los meses de verano, o de enfriarse cuando llovía.

Cuando no iba a la escuela, me gustaba acompañar a mi padre detrás del mostrador, y entre mis diversiones estaba el poner la mano sobre el mostrador para adivinar la hora del reloj de catedral que daba la hora con campanadas que imitaban al Big Ben de Londres, decía mi padre. 

Me gustaba la lluvia porque era idea de renovación. Cuando llovía con mucha fuerza, mi padre trancaba las puertas y atendía por una ventana lateral porque él sabía que muy poca gente vendría a comprar en medio del vendaval.  Esos días me gustaban porque no se podía salir a la calle y tenían que encender lámparas de kerosén desde temprano, que dejaban ese olor tan peculiar que aún después de muchos años me parece sentirlo cuando cierro los ojos y oigo la lluvia golpeando contra algo, lo que sea, y siento también el olor de la tierra que va mojándose hasta convertirse en un barrial donde luego aparecerán sapos como por arte de magia, salidos de la nada, y que en la noche armaban una sinfonía interminable en los pozos que iluminaba la luna como si fueran los reflectores de la orquesta. Mi padre los odiaba; a mí, me encantaban.

La lluvia era la vida. Ella traía el gran cambio después de esa prolongada sequía que dejaba a la tierra pelada como el cuero seco de las reses que se veían a lo lejos, las que no se pudieron salvar porque sus aguaderos se evaporaron, dejando cadáveres tostados, torcidos, limpiados por las hormigas y las moscas, acribillados por el sol que luego de la sequía incendiaba los pajonales terminando de destruir a su paso todo lo que encontraba, como un ciclón apocalíptico donde se redimía a la tierra para entonces dar paso con la resurrección de la lluvia al nuevo ciclo de vida. La lluvia era la vida.

La lluvia se podía ver, primero, en la distancia, en las nubes que se empezaban a mover como el ganado asustado que se espanta y corre en cualquier dirección. Pasaban unas nubes adelante, otras atrás, unas hacia la derecha y otras hacia la izquierda. Otras se rezagaban, otras se desaparecían como si se hubieran perdido, o cansado de correr detrás de las otras. Tenían diferentes formas: de vacas, toros, terneros, becerros. De varios colores: blancas, oscuras, manchadas. De varios tamaños. No hacían ruido; solo se movían. Ojalá vinieran para acá, decía mi padre, para luego decir, ojalá se fueran para allá. Yo no entendía, pero me gustaban porque las podía oler cuando se acercaban y empezaban a mojar la tierra, golpeándola con fuerza, como si tocaran un tambor para que todo se despertara, para que supieran que ella había llegado, que era hora de volver a vivir. Y a los pocos días se aparecía Indalecio. Él siempre llegaba con las lluvias.

Venía con sombrero de cogollo de palma, camisa y pantalón de tres cuartos de pierna, viejo, raído, muy usado. Descalzo. A veces llegaba oliendo a lluvia porque decía que la traía en la espalda; otras veces llegaba mojado. Mi padre decía que Indalecio traía la lluvia. A mi padre le gustaba Indalecio porque compraba casi sin hablar y le pagaba con pieles de boas y de caimán, hojas y raíces de muchísimas plantas de distintos tamaños y colores, y semillas de quién sabe qué. A mí me gustaba porque él ponía todo sobre el mostrador de tapa de lata y arreglaba todo en montones para que mi padre los examinara, por curiosidad y para que Indalecio le explicara para qué servían sus plantas que eran todas medicinales. Luego se sentaba un rato y mi padre le ofrecía café, cosa que no hacía con más nadie, y raras veces, comida. Antes de irse, Indalecio se paraba en la mitad del salón y le rezaba una oración en su lengua para que protegiera al negocio y la familia, y mi padre se santiguaba al final y le hacía una gran cruz en el aire, a la que Indalecio le agradecía en su propia lengua, decía mi padre. A veces, mi padre le entregaba en una pequeña jaula varios gatitos de las varias gatas que nunca terminaban de aumentar su población, y esa era la única vez que veía reírse a Indalecio, a quien obviamente el regalo le hacía gracia. Todo eso había comenzado porque Indalecio un día me trajo un tucán muy pequeño amarrado por una pata, tan dócil que obviamente él lo había capturado desde el nido. Y de ese intercambio de gatos por pájaros, mi padre terminó haciendo una pajarera en el comedor que nos alegraba toda la casa, aunque eso me produjo la tarea diaria de proveerles comida y agua, para que cantaran más, según mi padre.

Un día cuando volví del internado que estaba en Mérida, a muchas horas de distancia allá arriba en la sierra, mi padre me dijo que Indalecio había muerto. Le había venido a traer la noticia otro indio, me dijo, y me había dejado una guacamaya que guardé por varios años. En su cara se reflejaba la pérdida del amigo, y muy seguramente en la mía también. La noticia me entristeció porque me dio la impresión que había perdido un amigo, que aunque no me hablaba, me entendía, y para eso es que son los amigos, decía mi padre, que se puedan entender sin hablar.

Esa noche, me fui a mirar las estrellas al frente de mi casa donde habían pavimentado la calle y ya no venían más los sapos. La temporada de lluvias estaba pasando y cada vez llovía menos aunque todavía había suficiente verdor en el llano. Pero el calor empezaba a hacerse notar y las lluvias a despedirse. Pasaban corriendo, como el ganado espantado cuando vienen los carros. Y mi padre, también viejo ahora, me llegó por detrás y me puso la mano en el hombro, y se quedó mirando fijamente el horizonte y me dijo que quién sabe cuándo vendrían otra vez las lluvias, ahora que Indalecio se había muerto. ¿Cómo, le pregunté, y qué tienen que ver las lluvia con Indalecio? Es que él era el fabricante de la lluvia, me dijo con toda la naturalidad del mundo. Y yo se lo creí.

Foto por Nestor Velez – Own work,  CC BY-SA 3.0, Link

Luis Salomón Barrios

Luis Salomón Barrios

Escritor

Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.