La noticia de la muerte de Pantaleón Lozada se regó como pólvora llegando a todos los rincones del estado en cuestión de horas. Desde San Rafael de las Peñas, el pueblito donde él había estado residiendo por los últimos veinte años hasta la capital de la república donde estaba el Presidente, el viejo carcamán que había sido su gran amigo de toda la vida, la noticia se convirtió en el comentario del momento. Ninguna otra había impactado tanto en los últimos tiempos como esa porque todo el mundo, y sin hacer excepciones, sabía quién era Pantaleón Lozada, qué había hecho y por qué. Pantaleón era parte de la historia del país.
La mayoría de la gente ni siquiera lo había visto alguna vez, y otros tantos ni siquiera sabían si el individuo era real porque su existencia bordeaba entre la realidad y la mitología porque él se había recluido en ese pueblo desde hacía muchos años sin recibir a nadie, viviendo solo como un ermitaño. Se le atribuían hechos de los que nadie podía ni desmentir ni afirmar porque muchos de los relatores se habían muerto y solo quedaban historias sin confirmar, pero preferían darle el beneficio de la duda porque nadie se atrevía a dudarlos, y mucho menos, desmentirlos. Todo lo contrario, si alguien hablaba de esos hechos era para aumentarlos de manera tal que ya no se sabían ni cómo habían sido en realidad, o si ocurrieron del todo, porque lo que la gente quería era hablar de Pantaleón, el León de San Rafael, como el alcalde una vez lo llamó en un discurso que pronunciara en la Plaza Bolívar de la capital estatal conmemorando algo de esas cosas que nunca faltan para conmemorar, o en una inauguración de algo que había sido construido hacía tanto tiempo que con el cuento de que lo habían remodelado, o sea que le habían puesto una mano de pintura de cal a las paredes y una de óleo a la perta y a las ventanas y a eso le llamaban reinauguración, pero que a nadie le importaba porque igual lo hubieran seguido usando ya que por dentro no habían cambiado nada. Pero ahora, habría una nueva tarea en la agenda: enterrar a Pantaleón, y fue en ese momento que, como quien dice, se le prendió el bombillo de su torcido cerebro.
¿Pero dónde?, fue la pregunta que se hizo inicialmente el alcalde y que por supuesto pensó más rápido que inmediatamente que era mejor dejarla en manos de los ediles del distrito porque según él mismo decía, era una tarea comunal y no personal, y para resolverla, por lo que convocó a una sesión extraordinaria y de emergencia del Cabildo Municipal, es decir, a que se presentaran en su oficina ese mismo día, antes de que el muerto se enfriara, según terminó de decir el alcalde a la secretaria que puso en movimiento la difícil operación de ponerse en contacto con los cinco ediles que vivían desparramados por todas partes.
Los mensajeros salieron velozmente en busca de los ediles, pero aquéllos ya sabían desde que conocieron la noticia, y anticipándose a los hechos, sabían que tendrían que reunirse inmediatamente por lo que todos comenzaron su viaje hasta la oficina del alcalde, excepto por uno solo que estaba enfermo, que declinó la invitación y mandó a su esposa para que lo sustituyera, algo que si bien no había una regulación municipal expresa para ello, tampoco había una que dijera que no se podía, y ésa era la lógica de los ediles para todo lo que tenían que resolver.
Lo iremos a buscar hasta San Rafael, había pensado el alcalde mientras esperaba en su oficina, en una carroza negra tirada por seis caballos blancos, y llevaremos a nuestra Banda Municipal tocando la marcha fúnebre. Luego lo traeremos hasta aquí, le haremos una misa cantada de cuerpo presente con tres curas y catorce monaguillos, lo velaremos por tres días con una guardia de honor que estará presidida por mí y este honorable cuerpo edilicio y después por todos los otros que quieran ponerse alrededor del catafalco, y luego lo llevaremos al camposanto donde se enterrará con honores militares y civiles, con discursos, música y rezos, si no llueve, y con la misma, le mandaremos a hacer un mausoleo de mármol italiano que aunque llegue dentro de muchos meses, no importará porque nada podrá escatimarse para honrar por los siglos de los siglos a nuestro héroe para envidia del resto del país, amén, cuando fue interrumpido por los ediles que comenzaron a llegar. A eso de casi las doce del día los ediles estaban allí, incluyendo a doña Concepción en representación de su marido y con el alcalde, las siete personas que decidirían dónde enterrarían a Pantaleón Lozada, cómo y cuándo.
Si bien el alcalde no podía votar porque las reglas lo excluían de la votación porque él no era miembro del Concejo Municipal, la realidad era que él proponía y ellos decidían, ya que la práctica era totalmente al revés: que él decidía y actuaba, si era que se dignaba a consultarles pues en infinidad de ocasiones, por no decir todas, el alcalde argumentaba que no tenía tiempo para esperar que se reunieran y se pusieran de acuerdo para que él hiciera algo, y menos si era para llevarle la contraria, por lo que él tomaba la delantera y ellos, en caso de que alguien, por alguna situación inoportuna, desconocida e imprevista llegara a dudar de la legitimidad de la acción, la resolvían con una reunión a escondidas en alguna casa, preferiblemente de noche, para remendar una situación en la que se levantara un acta con fecha atrasada para validar lo que había hecho el alcalde, así fuera una barbaridad, porque el hecho ya se había consumado, y era público y notorio, como en el caso cuando cerraron una casa donde se expendía licor y se bailaba, además de otras cosas reñidas con la moral pública y a las que el párroco había hecho continuas alusiones desde el púlpito dominguero para que la cerraran, no solamente porque estaba situada prácticamente en el centro del pueblo, sino que no había sido posible hacerlo dada la clientela que asistía regularmente hasta que la esposa del alcalde tuvo que ir a recogerlo allá mismo, porque estaba tan ebrio que se había quedado dormido hasta entrada la mañana y ella había ido llorando a la casa parroquial a solicitarle al cura que lo buscara allá, precisamente allá, porque ése era el único sitio donde ella no había buscado y que, por supuesto, no iba a entrar, y donde el padre lo consiguió enrollado como una boa con su presa y aprovechó para chantajearlo y darle 24 horas para que cerrara lo que él denominó como un centro del pecado, casi frente a la Plaza Bolívar y a solo dos cuadras de la casa parroquial, y como si eso no fuera suficiente, el padre dijo que si para el domingo siguiente no se había cerrado, leería la lista que él mismo había confeccionado de todos los clientes que asiduamente concurrían a ese lugar pecaminoso. De modo que el alcalde no tuvo más remedio que concurrir con la demanda del cura por lo que tuvo que convocar a los ediles, clientes también del susodicho lugar, y hacer un acta con fecha atrasada declarando que los alrededores de la Plaza Bolívar estaban fuera de límite para ciertos negocios, sin especificar cuáles, ni dónde podían reubicarse.
Pero lo que había sido una victoria, que el alcalde tildó de pírrica porque el cura solamente había ganado una batalla y no la guerra, también le sirvió para pasarle factura al cura cuando en la misma sesión aprobaron que todos los actos públicos tenían que ser autorizados por los ediles con mayoría plena, lo que les daba a ellos, y particularmente al alcalde, la oportunidad de chantajear al cura con eso de las procesiones de la Semana Santa que se hacían caminando por los alrededores de la iglesia, y que de allí en adelante estaban sujetas a decisiones políticas, es decir, del libre albedrío del alcalde, por lo que el párroco tuvo que desistir de perseguir al local de las mujeres que expendían licor que se había instalado en las afueras de la población. A eso, el alcalde le había dicho al padre, cuando fue a reclamarle a la propia oficina de aquél, que lo que era igual, no era trampa.
Cuando los ediles más el alcalde y doña Concepción se encontraron en la puerta de la oficina del alcalde, nadie dijo nada pero consideraron que había que escoger entre el almuerzo y la reunión, optaron rápidamente por el primero, dada la hora nona, y con la misma prontitud con que habían decidido se dirigieron a un restaurante que estaba a escasos metros de allí. El almuerzo se prolongó por casi dos horas y de no haber sido por doña Concepción, se hubiera prolongado por varias más y seguramente habrían terminado sin acordarse de por qué estaban allí ni a qué habían venido. La reunión finalizó cuando Doña Concepción de un golpetazo en la mesa que sorprendió a todo el mundo, le ordenó al mesero que no sirviera más aguardiente, que retirara todo lo que había en la mesa, y que no sirviera más nada sino un café negro muy fuerte y le entregara la cuenta al alcalde que con la cara absolutamente roja le dijo al dueño del local que le mandara la cuenta, como siempre, a su oficina.
De vuelta a la oficina del alcalde, éste invitó a los ediles a que se iniciara la reunión cuyo único objetivo era comunicarles una sola pregunta que requería respuesta inmediata: ¿dónde iban a enterrar a Pantaleón Lozada?
A pesar de que la respuesta hubiera parecido obvia para todos, quienes rápidamente sugirieron que en el cementerio de la localidad, no fue así, por lo que el alcalde, que había iniciado una arenga sobre el sitio, la forma y otros detalles de cómo debía hacerse el entierro, fue interrumpido por doña Concepción quien llamó a un punto de orden diciéndole que aunque la reunión se tratara de un entierro, ella quería saber cuál era la vela que tenía el alcalde en ése, dado que él no tenía ni voz ni voto en esa reunión y por lo tanto tenía que mantenerse al margen de todo.
Todo el mundo quedó paralizado, incluyendo al alcalde, que se puso tan rojo como había estado en el restaurante y no encontró qué decirle a la señora que se quedó mirándolo fijamente a los ojos esperando que abriera la boca para mandársela a cerrar de nuevo. Y dando otro palmetazo sobre la mesa, doña Concepción ordenó que se continuara sin interrupciones de personas ajenas al cuerpo municipal, una obvia advertencia al único aludido en el recinto.
Pero no pudieron hacerlo porque todos sabían que era el momento de decidir si desautorizaban al alcalde, lo que constituiría un desafío abierto hacia él, algo que nunca había ocurrido desde que había nombrado alcalde hacía más de dos décadas, o desautorizar a doña Concepción alegando que ella no tenía la autoridad para representar a su marido, quien era el legítimo representante, y no ella, pero todos sabían que ese detalle no estaba en los estatutos del cuerpo municipal, además de que había precedentes de situaciones donde algunos habían sido sustituidos por personas que nunca demostraron estar autorizadas. Cuando a uno de los ediles se le ocurrió discutir sobre la legitimidad de los presentes, en una maniobra para defender al alcalde, Dona Concepción volvió a tomar las riendas de la reunión.
Entonces éste es el momento de decir quién tiene la legitimidad de este cuerpo, dijo doña Concepción, mirando a cada uno de los presentes en un desafío claro, no solo hacia el alcalde sino hacia el cuerpo municipal, lo que le heló la sangre a todo el mundo, pues pelearse abiertamente con doña Concepción, todo el mundo sabía, podría traer consecuencias nefastas porque ella era cuñada del Gobernador, un general retirado que había sido compañero de armas de Pantaleón Lozada, quienes se había distinguido en las guerras intestinas de pacificación contra los oligarcas y de quien todo el mundo creía que Pantaleón había salvado la república cuando tomó solo el depósito de municiones del enemigo y lo hizo volar, dejándolos prácticamente desarmados, haciéndolos capitular definitivamente. El Gobernador y Pantaleón eran miembros del grupo que económica, política y socialmente se habían quedado con el poder, y que aunque el Gobernador también se había vuelto un carapacho por lo anciano, tenía mucha influencia en el Gobierno porque a su vez, él era hermano del Presidente. En pocas palabras, doña Concepción tenía más peso político que cualquier otra persona en ese pueblo, incluyendo al alcalde, por lo podía ser una gran amiga o una gran enemiga, por lo que había que estar muy seguro de lo que se iba a hacer, pues ella podía ser un enemigo formidable.
Doña Concepción había venido distanciándose de su amistad con el alcalde porque ella lo consideraba como la personificación del mal ejemplo familiar después que el cura le contó los detalles del incidente de la casa de las mujeres y otros detallitos en los que el alcalde no solamente había sido protagonista sino instigador del mal comportamiento de su propio marido. Además ella era amiga íntima de la esposa del alcalde, a quien ella consideraba como una víctima conyugal, y esta oportunidad la había visto ella como una oferta divina para confrontarlo en su propio terreno, y le pensaba pasar factura.
Luego de un par de minutos durante los cuales no se oyó ni una mosca en el salón, doña Concepción volvió a tomar la palabra para reiterar su desafío y preguntarles si se iba a resolver la situación o no.
Con una voz tímida y conciliadora, uno de los munícipes empezó por argumentar que no se había venido a pelear sino todo lo contrario, a resolver situaciones buscando soluciones, sobre todo ésta que era urgente porque había un muerto de por medio. El comentario siguió por un murmullo y asentamientos de cabezas que indicaban el respaldo mientras el alcalde permanecía momificado en su silla.
¡No!, sentenció doña Concepción, es que tenemos que empezar por el principio, y eso aquí no se ha hecho. Primero tienen que decirme que estoy aquí ilegítimamente, y entonces, yo me voy para mi casa, mejor dicho, para la casa de mi cuñado a preguntarle a él si es legítimo que me desautoricen de esa forma, y segundo, dijo, tomando una gran bocanada de aire para inflar a su pecho y espetar lo que tenía en él, tendremos que seguir por revisar la legitimidad de las actas, y para terminar, hacerle una auditoría a las cuentas de este honorable cuerpo, algo que pronunció con sarcasmo, masticando cada una de esas palabras para triturarlas y dejárselas despedazadas sobre la mesa.
Saliendo de su sarcófago el alcalde se aclaró la garganta para llamar la atención y pidió el derecho de palabra, a lo que todos aceptaron excepto, por supuesto, doña Concepción, quien dijo que él no tenía por qué hablar en la reunión y punto.
Otro de los munícipes que era compadre de doña Concepción y su esposo, le dijo que esas reglas no eran absolutas y bien podían hacer una excepción en beneficio de todos, y sobre todo del punto que tenían que resolver y dejar para una próxima reunión la resolución de esa situación.
Como si se hubieran puesto de acuerdo, todos, excepto doña Concepción, levantaron el brazo derecho y corearon ¡aprobado!, a lo que doña Concepción dijo que no se podía aprobar algo que no se sabía qué era porque no se había expuesto el tema a discutir: ¿cuál excepción existe aquí, un muerto?, ni que fuera el primero ni será el último, dijo con sorna doña Concepción. Aquí hay algo más importante que ese muerto, dijo apuntando con el índice hacia la mesa, y es la soberanía del cuerpo edilicio. Y continuó con la arenga sin dar tregua para que la interrumpieran: si queremos que el alcalde exponga algo, entonces hay que invitarlo, y eso no se ha hecho. Como dije, tenemos que empezar por el principio, pues todo lo que se comienza al revés, termina mal, filosofó doña Concepción.
Concepción, dijo uno de los concejales que interrumpió el silencio, no te pongas difícil con esas legalidades que ni tú misma conoces porque es la primera vez que vienes a reunirte aquí. Con la velocidad del rayo doña Concepción se puso de pie y le increpó con la mayor dureza de su voz con la siguiente pregunta: ¿Me lo está diciendo mi propio hermano o me lo está diciendo un miembro de este cuerpo, cuál es, Ramón, para saber dónde estás parado?
El hermano de doña Concepción se quedó tan paralizado como el alcalde que lo único que movía eran sus ojos mientras ella ni se sentó ni le quitó los ojos de encima, y le volvió a repetir la pregunta, ¿cuál es el que me está hablando?
El munícipe que estaba más cercano a doña Concepción se puso de pie y con mucha parsimonia se dirigió a doña Concepción para solicitarle que la reunión no debía convertirse en una pelea familiar sino en otra cosa.
¿Otra cosa?, ¿otra cosa?, preguntó doña Concepción subiendo más el tono a todos los presentes, mirándolos con una expresión en la cara como si nunca los hubiera visto antes. ¿Es que esto es otra cosa porque nunca han estado en la cosa que debería ser, o qué es esto sino otra cosa? Y se contestó: No podemos hablar de otra cosa, dijo airadamente doña Concepción moviendo los brazos como si fuera a volar, porque aquí se habla de lo que cada quien quiere hablar, como han hecho siempre. Aquí nos conocemos todos, y cada quien sabe a lo que me refiero. No voy a ocuparme de nadie en particular porque no es ni el momento ni el tema, sino de la forma como se han venido haciendo las cosas aquí. Todos nos conocemos desde hace muchísimos años, tantos que pareciera que fuera de toda la vida porque todos estamos viejos y conocemos a todo el mundo, así como todo el mundo nos conoce a nosotros, y así como todo el mundo conoció a Pantaleón Lozada, y como todos los aquí presentes sabemos realmente lo que él hizo y lo que no hizo, y que ahora quieren decir que es un león, un héroe, porque así lo ha creado la mitología popular de todos nosotros, y ahora, como tal vez nuestro último homenaje a Pantaleón, le vamos a hacer un entierro digno como lo que todo el mundo cree, o desea creer que él era, porque todo el mundo teme decir y saber cómo era. Si ustedes quieren, hagan lo que ustedes quieran hacer, fabricar un héroe para ponerlo en un panteón donde inventarán después que hay que honrarlo todos los años haciendo desfiles y actos culturales, repartirse diplomas, repartirse halagos, ponerlo en los libros de historia e inventarle una épica que lo glorifique. Si eso es lo que quieren creer, créanlo, si es lo que quieren hacer, háganlo, pero no digan que esta doña Concepción lo aprobó porque yo lo conocí a él personal e íntimamente, como uno conoce a otro ser humano, y no era nada de eso que ustedes están queriendo decir que él fue y eso lo saben ustedes, porque no hizo lo que la gente dice por ahí. Así como yo los conozco a cada uno de ustedes, por delante y por detrás, incluyendo a mi marido. Si no quieren decir la verdad, tampoco digan una mentira, pero no me hagan mentir a mí. Y diciendo eso, doña Concepción salió de la habitación sin dignarse a mirar al alcalde que permanecía silente clavado en su silla mirando al suelo y casi llevándose por delante a la secretaria que estaba parada en la puerta.
Inmediatamente entró la secretaria del alcalde y le entregó un papel. El alcalde lo leyó y sonriéndose le dijo a los munícipes: aquí está la respuesta, es un telegrama del Presidente que dice que le manden inmediatamente el cuerpo de Pantaleón para enterrarlo en el Panteón Nacional.
Foto por Sergio Brazn – CC BY-SA 3.0, Link

Luis Salomón Barrios
Escritor
Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.

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