¿Tú crees que la edad tenga algo que ver con la intelectualidad de la gente?, le preguntó el marido a su esposa mientras ella se miraba en la peinadora con la vista tan ausente como su mente, pasándose el cepillo que halaba cabellos de su descompuesta apariencia, sin oír, sin importarle lo que su marido le acababa de decir, hasta que de repente hizo un giro con la cabeza y sin voltear completamente a mirarlo sino que atisbándolo por una esquina del espejo lo observó y solamente le hizo un sonido gutural con el que le asentía a todo lo que él le decía. Tenemos que llegar temprano porque no me gustan las sorpresas, le advirtió él, otra vez.
La renovada advertencia no hizo esperar a la siguiente pregunta que lanzó inmediatamente sin preocuparse por la opinión de su esposa que había vuelto a fijar su mirada en el espejo: ¿será o no, qué crees tú?
Esta vez su esposa solamente movió la cabeza para comunicarle su respuesta que él solo pudo considerar como asintiendo con su proposición. La moción del cepillo continuó de arriba hacia abajo como un ejercicio del subconsciente que estaba más allá, desligado de la presencia física en la pequeña habitación en la que solo cabían la cama matrimonial, la peinadora y un gran escaparate de tres cuerpos del cual, el central, era fijo porque sostenía el espejo delante del cual él se miraba de arriba abajo y de izquierda a derecha buscando atrapar un detalle, o sea, un defecto en su ropa, en sus facciones, en el pelo y el bigote engominados que no se le levantaban ni con el viento de la calle. Él sabía, o quería saber, que las respuestas de su esposa solamente servían para concordar con sus pareceres, aunque si no lo hacían, tampoco las tomaba en cuenta.
Dio media vuelta frente al espejo del escaparate. Metiéndose la mano derecha por el bolsillo se haló la camisa dentro del pantalón. Se desabrochó la correa y se la volvió a apretar como quien faja a un jumento, partiéndose el abultado vientre como un globo con dos hemisferios, en la parte de arriba y la de abajo. Se apretó más aún el nudo de la corbata que ya tenía perfectamente tallada en el cuello que apenas se le veía entre la barbilla y la camisa. Se pasó el pulgar por las cejas y apretó lo labios para darse color. Acercó la cara lo más que pudo al espejo para desafiar a la luz mortecina de la habitación y desde ahí volvió a atacar al silencio de su esposa con una nueva pregunta: ¿cuánto te falta?
La esposa puso el cepillo sobre la peinadora, se levantó pacientemente y se dirigió hacia el escaparate, abrió una de las hojas y empezó a buscar lo que ella ya sabía dónde estaba pero revisando una por una de las pocas prendas que tenía para confirmar que la selección había sido la correcta. Tocó las telas porque confiaba más en sus dedos que en la vista: la textura de la popelina, de la seda, del algodón; sobó los encajes, repasó los bordados que ya todas sus amigas conocían de memoria, tanto como ella misma, si no más; siguió recorriendo más con la memoria de sus dedos lo que con esa ropa no había vivido: a los teatros donde no había estado, a las fiestas donde no había bailado, a los viajes donde no había ido, todo dejado atrás, todo inevitablemente olvidado hasta que abría esa caja de recuerdos que tan cruelmente le recordaban que ya todo había pasado, que todo era historia, recuerdos, hasta que llegó al vestido de raso negro, el de los muertos y las misas, lo sacó, y sin pronunciar palabra lo sacudió, lo extendió sobre la cama y le pasó la mano para alisarlo, y con toda la diligencia del mundo, se lo puso. Se miró en el espejo y se pasó la mano repetidas veces por la falta para ajustársela al cuerpo, y dio media vuelta para verse la parte de atrás, hasta que su marido le volvió a preguntar, ¿cuánto te falta?
Se devolvió hacia la peinadora y retomó su lugar, y con paciencia de recogió el pelo en un moño que sujetó con una pequeña peineta de carey filipino que había comprado en una venta de baratijas en la calle, o tal vez en un bazar de beneficencia de una iglesia donde muchas viudas entregaban sus prendas, no se sabe si para olvidarse de sus maridos o no acordarse más de ellos, o tal vez de sus amantes, o de los que no tuvieron, pero que ya no valían nada sentimentalmente porque se habían desprendido de ellas para pagar su entrada al cielo, expiando pecados, o acelerando su purgatorio, o tal vez convencidas que a esa edad ya no valía la pena verse mejor. Cruel, pero cierto, hasta que ella tuviera que deshacerse de las suyas para pagar lo que ya ella ni se acordaría de qué.
Se miró las manos y abrió una pequeña caja de madera con tapa de plata peruana de la que sacó su anillo de aguamarina que siempre la había acompañado, más que su marido, más que sus amigas, que sus conocidas, que su familia que se había ido en otro mundo pues ya no estaba en este, y de quienes solamente se acordaba el dos de noviembre. Se lo puso y se lo miró para admirar su gran ostentación. Las uñas sin pintura y las manos secas y venosas del trabajo de tantos años no le distrajeron ni la memoria ni la vista de la piedra que descansaba en la montura de oro cochano, lo que era lo más cercano a su vida gastada, pasada, entregada, apagada, hasta que volvió a oír la voz de su marido, ¿ que si ya estás lista?, y como si tomara un impulso de aire que no se sabía de dónde había salido, se incorporó y dio media vuelta para mirarlo en la cara y hablarle con voz marcada y contestarle, sí, ¿y tú?, por lo que su marido quedó detenido tanto por el tono desmedido de su voz como por verla apuntándolo con su viejo revólver en la mano, ambos gestos absolutamente sorprendentes que lo dejaron corto de aire, hasta que ella, sin inmutarse, apretó el gatillo produciéndose una gran detonación que retumbó en toda la habitación.
Horas más tarde cuando la policía hubo concluido la investigación, el juez, también vestido de negro, se le acercó a la señora y le dijo que si bien en la habitación había un olor extraño, más podía ser por lo encerrado que por otra cosa, y aunque no podía determinar cuál era la causa de la muerte, sí podía asegurar que el marido había muerto del corazón pues no presentaba muestras de violencia. Al siguiente día la prensa reseñó que los esposos se preparaban para ir a un funeral cuando lo sorprendió la muerte. ¡Ironías de la vida!, dijo la viuda que tomó el periódico, se abanicó con él y mirando al espejo de su peinadora se rió a carcajadas al acordarse de la cara que había puesto su esposo cuando le reventó el tiro en la cara con una bala de salva que ella tenía guardada en su caja de prendas junto con su anillo de aguamarina y un rosario de plata peruana.
FIN

Luis Salomón Barrios
Escritor
Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.

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