Bueno, la verdad sea dicha, que detrás de mi casa ni había jungla ni había rey. Lo que sí había era un pequeño bosque que a mí me parecía que era una jungla, o tal vez lo quería ver como una jungla, y un enorme gato negro que vivía allí. También había un pequeño lago que subía y bajaba según las lluvias lo llenaran, porque no me imagino de dónde le llegaba el agua que siempre tenía. No le faltaba todo un zoológico (una palabra que aprendí un poco más tarde) que vivía en el lago o alrededor de él, como sapos y aves que se dedicaban a cazar sapos, y me imagino que pececillos que eran tan diminutos que no se podían ver. Ese era el mundo del traspatio que era mi selva y lago, todo para mí, todo mío.
En esa época estaban de moda las películas de Tarzán, el cual era el gran domador de fieras y amigo de los indios, aunque no de todos, que vivía con una mona como la que yo hubiera querido tener para cargarla todo el día y sentarla a comer conmigo, y en la noche llevarla a mi habitación para que durmiera en la otra cama en la que nunca dormía nadie porque yo era hijo único. No tenía más nadie con quién jugar excepto con mis juguetes los cuales no tenía más remedio que llevarlos a mi selva y a mi lago para que los carros tuvieran dónde correr que no fuera en las carreteras asfaltadas de los corredores vacíos de mi casa, sino que existieran montañas, árboles, ríos y hasta océanos que yo construía especialmente para ese mundo que existía solamente para mi disfrute personal, a mi gusto y mi alcance, solo, privado, completo, sin que le faltara ni le sobrara nada porque para eso tenía muchos vehículos, incluyendo aviones y barcos de diferentes modelos y tamaños, y yo era todo para ese mundo: el arquitecto, el constructor y el desbaratador. Hasta que apareció el gran dueño de la jungla, a ese que yo empecé a llamar El Rey.
Era majestuoso. Brillaba en el sol y desaparecía en un segundo entre las sombras así fuera el mediodía. Tenía los ojos amarillos y los aumentaba y disminuía como si fueran un radar automático que él controlara, me imagino, para ver mejor a su objetivo. No hacía ruido al caminar, aunque tenía cuatro patas porque pisaba en total silencio, y si se detenía se quedaba inmóvil como una estatua, aunque dejara moviendo a su enorme cola como si no la pudiera controlar. A veces me imaginaba que la utilizaba para distraer a sus víctimas, a las mariposas que le volaban cerca, o a los pajaritos que bajaban a beber agua, o a los que se distraían cantando en una rama baja. De un salto los atrapaba, bueno, no todo el tiempo, pero sí la mayoría de las veces. Parecía que tenía un resorte en las patas pues era capaz de saltar desde una rama muy alta, o para atrapar un pájaro en pleno vuelo rasante que se distraía tal vez con el resplandor del agua.
Lo conocí un día que salió de entre las plantas de mi selva a beber agua. Tal vez no se dio cuenta que yo estaba allí cerca porque yo también me podía quedar inmóvil oteando al horizonte que llegaba hasta la pared del fondo, simplemente pensando en la inmensidad de mi mundo hasta que algo se me ocurriera. Caminó con sigilo como si alguien lo viniera siguiendo. Parecía al que huye de algo, con la cola estirada y baja, pisando con mucho cuidado, mirando a saltos para ambos lados, moviendo las orejas para saber de dónde le venían los ruidos, levantando la nariz para averiguar qué le llegaba. Cuando vio que no había nadie, porque obviamente no se percató que yo estaba allí cerca, se llegó hasta la orilla, miró al agua, no sé si para verse en el espejo a su negra figura y sentirse poderoso, o para ver lo que se movía en el agua. Yo lo sabía. Allí había renacuajos y otras cosas que se movían en las piedras de la orilla. Observó otra vez el panorama y finalmente bajó las patas de adelante para inclinarse hasta tocar el agua. Sumergió la lengua y tomó unos dos o tres sorbos. Levantó la cabeza y miró de arriba abajo, a los lados, y después de una exhalación, volvió a tomar un par de tragos, y así, hasta que completó unos diez tragos, y luego dio media vuelta y con el mismo sigilo que había llegado, dio unos pasos y desapareció en su mundo de un solo salto como si algo lo hubiera asustado. Bueno, ese era su mundo.
Yo nunca me había dado cuenta que él vivía allí, y cuando lo supe porque cada vez que iba yo, lo primero que hacía era tratar de no hacer ningún ruido para ver si él aparecía. A veces sí, a veces no. O tal vez me veía él a mí y no yo a él. Hasta que un día me di cuenta que me vio, y cuando se dio cuenta que había un humano a pocos metros de él, se quedó petrificado, creo que no fue de miedo sino de precaución, porque no salió corriendo sino que me persiguió con sus grandes ojos amarillos como dos faroles, y en realidad no fue sino hasta un rato después que no pude saber ciertamente si él se había asustado más que yo o yo más que él, pero sí puedo decir que al rato, con un poco de desprecio, o tal vez de arrogancia felina, dio media vuelta y decidió devolverse a su selva, pero sin apuro. Ese día no lo vi más.
De allí en adelante hicimos un pacto, que él no se asustaría ni yo tampoco. Bueno, le tomó un tiempo aceptar el pacto porque por muchas veces que yo sabía que él estaba allí, cerca, mirándome desde su escondrijo de las sombras (que yo sabía porque le podía ver sus grandes faroles en la oscuridad de las sombras de las enormes hojas de plátano y otras que ni sabía cómo se llamaban pero que eran muy grandes) pero yo también, para no hacerle sentir mal, no fuera a pensar que yo creía que él tenía miedo, me hacía el que no le había visto ni oído.
Pero yo sabía que él estaba allí, y él sabía que yo a veces volteaba hacia donde él estaba observándome, y como yo suponía que él quería venir a tomar agua, entonces me retiraba por un rato hacia la casa para que él saliera, y funcionaba. Él salía, con el ritual de su sigilo: primero una mirada a ambos lados, varias veces. Luego sacaba medio cuerpo, miraba hacia atrás a su derecha y su izquierda, y empezaba a avanzar con la cola baja, unos dos pasos y un alto para repetir todo el proceso, y luego otros dos más, parada y observación, y finalmente una pequeña carrerita hasta la orilla del pozo de agua para darle unos sorbos apurados y con un brinco repentino, retirarse hacia su selva.
Luego me vino la curiosidad de cómo presentarnos para hacernos amigos y se me ocurrió, cosa que había oído, que a los gatos les encanta la leche, y traté esa estrategia: le llevé un platito de leche. Se lo dejé y me fui, y al rato volví y había desaparecido toda la leche. No es que fuera mucha, pero se la había tomado toda. Yo sabía que él me estaba mirando desde su selva, y que no podría aguantar la curiosidad. Y funcionó, pues se tomó la leche.
Luego de varios días de continuar con mi estrategia del Caballo de Troya, cambié de estrategia, y para que él supiera que era yo quien estaba detrás del plato de leche, esta vez no me fui sino que me quedé esperando hasta que llegara a verme, en la distancia, por supuesto.
Todo salió como lo planeado. Puse el plato y me retiré a una buena distancia desde donde yo sabía que él me vería. Esperé, pero no por mucho tiempo, y finalmente llegó. Inició su recorrido con la parsimonia de seguridad: pasos estrechos, miradas a diestra y siniestra, cola baja, y así continuó hasta que llegó al plato, bajó el espinazo y la cola y empezó a beberlo en golpes de lengua espaciados por observaciones para garantizarse su seguridad, hasta que consumió todo el plato, que tampoco era mucho. Miró a los lados, me miró a mí, y dio un rápido recorrido hacia la protección de su selva donde desapareció.
Y así continuamos, yo llevándole un platillo de leche y él con su parsimoniosa salida a consumirlo. Un día llevé el plato pero no se lo puse donde acostumbraba ponerlo, casi en el límite de su selva. Esta vez lo acerqué un poco hacia donde yo había situado mi puesto de observación más cerca de la casa, y el experimento resultó, aunque no sin antes redoblar su sistema de seguridad: duplicó las miradas y movió más veces sus orejas, hasta que no pudo aguantar las ganas y se acercó a un par de metros y con cautela, se acercó al plato. ¡Había ganado yo!
Los siguientes días fui acercando más el plato, por centímetros, y él se fue acercando también, por centímetros. Doble vigilancia, doble pausa, pero más pudo el hambre o la glotonería, pero su debilidad por la leche lo puso al alcance de mi brazo.
Me quedé tan inmóvil como sólo él sabía hacerlo, para no asustarlo, por supuesto, y lo dejé que se tomara la leche que lo logró en menos de dos minutos. Ya había descubierto su punto débil: la leche.
Para continuar mi experimento, continué llevándole leche, y para convencerlo aún más de mi amistad, le añadí unas sobras de carne que me robé a mí mismo del almuerzo.
Por supuesto que esta vez se rindió: al terminar de engullirse la carne, antes que la leche, me miró con sus enormes ojos amarillos y luego los disminuyó de tamaño. Esa era su señal. Ya no tenía miedo ni razón para estar totalmente alerta, y yo se la respeté. Una vez que terminó, se empezó a ir con mucha parsimonia porque lo demostró levantando la cola perpendicularmente como un asta hacia el cielo. No tenía bandera, pero sí tenía una señal de amistad. Ahora, él también había triunfado.
En las semanas siguientes empezamos a acercarnos más y más hasta que un día le puse la comida en la palma de mi mano y él la tomó de allí. Sin demostrarle otra intención, después que me lamió la palma de la mano, sin hacer gestos bruscos le toqué la cabeza. Él cerró los ojos por un instante mientras yo rodé mi índice hasta la altura de sus ojos, y luego, sin darse un salto hacia atrás, dio media vuelta y se fue caminando hacia su selva. Por fin nos habíamos presentado como amigos.
De ahí en adelante, un par de años más tarde nos tuvimos que mudar de esa casa, quién sabe por cuál razón, y en un arrebato de valentía le pregunté a mi padre que si me podía llevar el gato. ¿Cuál gato? Me preguntó. Mi gato, le contesté y le conté toda la historia, a lo que él me dijo que quién sabe si le gustaría venirse a vivir a una casa después de tener una vida salvaje.
¿Salvaje?, le salté yo encima como si yo hubiera sido el gato. ¡Es mi amigo, no es mi gato!
El gato se dejó cargar para ponerlo en una caja en la que lo llevé hasta la nueva casa, y siguiendo las instrucciones de la cocinera, de mucha comida y mucha leche, con eso se convenció que debía quedarse allí, como cualquier gato común y corriente, en vez de ser el rey de la jungla.
Foto por Ian Livesey de StockSnap

Luis Salomón Barrios
Escritor
Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.

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