Aunque varias personas se lo habían comentado, Leonardo no estaba convencido que la vida solo necesitaba un instante para cambiar totalmente, que en un par de segundos podía tomar un rumbo totalmente distinto al que traía, y hasta sin darse cuenta, por eso él creía firmemente que el destino era algo que no se podía saber, si era que tal cosa existía.  Sin embargo, le gustaba leer el horóscopo todos los días en el periódico de la mañana antes de salir de su casa, sólo para desafiarlo diciéndose que no podía haber tal cosa como una predicción de lo que a uno le iba a pasar.

Vivía pendiente de los libros que trataban sobre el futuro, los presagios, las adivinanzas y todo lo que tuviera que ver con el devenir, y la gente que lo rodeaba creía que lo hacía buscando conocer el futuro, pero en realidad era todo lo contrario, mientras más leía, más se convencía que no había tal cosa, que no se podía conocer el destino, o sea, lo que sucedería. Y decía, que en caso de que hubiera un destino, éste se podía cambiar en un instante, como al cruzar en una calle en cierta dirección en vez de otra como para tratar de despistarlo; al detenerse en vez de seguir caminando y cambiar el momento cuando se iba llegar a su destino, y llegar más tarde; al devolverse y desbaratar lo que estaba trazado en cierta dirección; o hasta en cosas tan simples como en levantarse antes o después de la hora en que debía hacerlo; contestar el teléfono, o no; y no se diga, al conocer una persona que le podía traer a uno un cambio en el resto de la existencia. De todo eso y más él estaba convencido, excepto que nadie podía probarlo porque entonces se refutaba él mismo a su proposición inicial: ¿y si ese cambio era lo que estaba en mi destino, cómo lo podría saber? ¿Cuál era el destino, el que había hecho o el que había cambiado?

Así, eso le ayudaba a distraerse en el diario aburrimiento en su trabajo de ayudante en una farmacia de mala muerte en el que no pasaba de despachar fórmulas preparadas de patentados, linimentos y pastillas para males del hígado, el estómago y la cabeza, cosas que se compraban en farmacias pero que ahora se podían  comprar en supermercados pero que los clientes viejos todavía compraban en farmacias como donde él trabajaba, a la que le entraba más el polvo de la calle que clientela, pero era su trabajo y lo que le daba el mísero sueldo le alcanzaba porque no se había casado, además, no iba al cine, no fumaba ni bebía, y continuaba viviendo en la casa con su madre a pesar de que ya pasaba de los treinta años. Su única diversión consistía en comprarse un quinto de lotería por un peso que le traería un premio aunque fuera lo suficiente como para comprarse algunas cosas que él consideraba como un lujo inalcanzable: un televisor y un tocadiscos para ponerlo en su habitación, y lo que quedara, para comprar ropa porque la que tenía había perdido su color, de tanto lavarse.

Ese lunes sintió un deseo inexplicable de tomar el autobús y para ello extrajo algunas monedas de los ahorros que había logrado en varios pagos semanales. Venía atestado y cuando subió se escurrió entre los otros pasajeros hasta la parte de atrás donde encontró un puesto vacío y para mayor sorpresa, al lado de una muchacha bonita que se sonrió con él cuando le pidió permiso para sentarse en la butaca. La muchacha llevaba en sus manos el periódico del día y para aprovechar la ocasión él le hizo un comentario sobre el titular, algún título explosivo que venía en grandes letras rojas con una gran foto. No lo pensó mucho, no importaba, era sólo para hacer conversación, para hablar con alguien, se dijo, y dio resultado porque a los pocos segundos entre él y la muchacha se generó una conversación que pasó por varios tópicos que incluían más historias, reales e inventadas, que las que traía el periódico, pero que le animaron el viaje de tal forma que éste se hizo muy corto. De repente había llegado a su parada y tuvo que advertirle a su compañera de viaje que había llegado a su destino y no tuvieron más remedio que despedirse porque ella seguía de largo. Leonardo se bajó y ella siguió, perdiéndose en la multitud de la ciudad.

¿Destino, dije destino?, se cuestionó él mismo. Entre emoción y extrañeza, se preguntó de repente a él mismo lo que había dicho como si alguien le hubiera puesto esa palabra en la boca mientras caminaba hacia la farmacia. Qué se había dicho, pues parecía que él mismo no se hubiera oído, y hasta miró a los lados para ver si alguien lo hubiera oído contradiciéndose en todo lo que él hubiera querido creer, entonces, ¿era acaso esa contradicción una señal de que algo le había cambiado o le iba a cambiar en su vida? Pero era que ni siquiera se le había ocurrido preguntarle el nombre. ¿Le había presentado el destino una oportunidad en su vida… y la había dejado ir? Nunca lo sabría. Pero tampoco la pudo borrar de su mente.

El viaje en autobús le había creado una terrible interrogante en su vida porque parecía que ese simple viaje, hablando con esa desconocida en la que había encontrado ese momento de felicidad podía haber sido una señal del destino para decirle que la vida le podía cambiar si él sabía aprovechar el instante, y que ahora estaba en poner de su parte para tomar esa oportunidad y hacer algo de ella, pues se la había puesto expresamente a él en su camino. Pero, ¿qué podía hacer si ni sabía quién era, ni de dónde venía ni para dónde iba? Y pronto encontró la respuesta en la simpleza de la lógica: que tenía que buscarla. Tenía que enfrentar la situación como un reto al destino.

Al siguiente día se dispuso a tomar el autobús en la misma parada y a la misma hora, y cuando llegó impuntualmente, lo tomó. Caminó hasta el fondo, mirando a cada mujer en la cara, esperando ver a su desconocida, pero ésta no estaba allí. No se desanimó, pensó que tendría que continuar en su empeño, y al siguiente día, repitió el proceso, buscó entre las presentes pero no estaba la desconocida. Se bajó desanimado pero no tanto como para preparar el intento nuevamente, y así hasta llegar al viernes y convencerse que no había tenido suerte, y que no había sido por falta de tratar sino por…y titubeó hasta de pensarlo, por mala suerte, o lo que a él le correspondía, y que si tal vez eso era su destino, que le había pasado por un lado y no lo había sabido interpretar. No lo sabía. No sabía qué pensar sólo que no le había salido lo que él deseaba, lo que había planeado, entonces, ¿era ése su destino o lo había contrariado?

Durante el fin de semana pensó en qué estrategia podía utilizar para encontrar a su elusiva pasión. Pensó en tomar un autobús más temprano, y si éste no resultaba, uno más tarde, pues pensaba que ella debía hacer ese recorrido en la misma dirección y con la misma frecuencia que él.

Ella había dicho que iba a trabajar, pero nunca supo dónde. Era un asunto de sincronización, y se dijo, estamos fuera de sincronización y por eso no nos conseguimos. Pero había una serie de problemas que surgirían ante esa estrategia, el económico por un lado, porque sus ahorros habían llegado al final del camino porque los viajes en autobús le había drenado la lata donde ponía las monedas que le sobraban de los mandados que le hacía a su mamá, y por otro, que no podía llegar más tarde porque tenía que estar allí antes de que el boticario llegara a abrir la puerta a las siete de la mañana, y ese señor, lloviera, tronara o relampagueara, estaba allí con la llave en la mano y sin ninguna sonrisa en la cara. En consecuencia, la nueva estrategia estaba descartada. Tenía que buscar otra porque estaba dispuesto a desafiar al destino. ¿O no era así?

Las cavilaciones de ese fin de semana lo llevaron a un dilema que nunca se le había presentado: llegó a la conclusión que su sueño había llegado al final del camino o que tal vez podía ser el principio de uno. ¿Cuál sería? No podía saber si había desperdiciado a su destino por no saberlo interpretar, o si había sido un mal chiste del destino para que se diera cuenta que las cosas sí estaban en un curso del cual no se podían evadir porque había que cumplirlas. ¡Sí!, se dijo, había que cumplirlas, entonces se le iluminó el rostro al pensar que si tenían que cumplirse, entonces tendría que volverle a suceder porque él no había cumplido con el destino.

¡Sí, eso era!, se trató de convencer, que tendría que volver a suceder para que él tuviera la oportunidad de nuevo y esta vez sí haría lo que debía: le preguntaría el nombre, la dirección del trabajo y luego la iría a esperar a la salida, y le ofrecería que la acompañaría a su casa, y ella diría que sí, que aceptaba que la acompañara y así comenzaría una amistad que pasaría a ser una relación y que terminaría en un enamoramiento, ¡sí, eso sería así!, y se dijo, se aseguró que el destino se la atravesaría en el camino al igual que ese lunes cuando él dejó escapar la oportunidad de su vida por no creer que él había llegado allí por un propósito que el destino le había forjado como prueba de su existencia, entonces su nivel de ansiedad bajó porque empezó a creer que la volvería a encontrar en el momento y el lugar menos indicados y que allí estaría ella, y la reconocería y le hablaría, y si ella no se acordaba de él le diría que él era el compañero de viaje del otro día en el autobús, y así empezaría esa amistad porque ése sería un buen comienzo para que todo se hiciera realidad, esa realidad que si bien él no conocía le estaba esperando a él y a ella, ellos juntos. ¡Sí, eso era!, se dijo, y cuando su mamá lo vio riéndose sólo y le preguntó de qué se reía lo único que le pudo contestar fue que de un chiste que había oído en la calle. Esa noche soñó que la encontraba en el autobús y que él le había dicho su nombre y ella le llamaba, que le decía su nombre, aunque lo que en realidad estaba oyendo era a su mamá que le decía desde la puerta de la habitación que se levantara porque se le hacía tarde.

Semanas más tarde, un día decidió tomar el autobús de regreso a su casa al azar, y cuál sería su sorpresa al encontrar con la mirada a la muchacha que viajaba en él, pero no había ningún puesto desocupado a su lado. Se acercó lo más que pudo para ver si ella lo veía a él porque ella miraba distraídamente hacia la calle, pero no tuvo suerte, porque ni ella volteó ni el puesto se desocupó. Cuando su parada se acercaba empezó a cavilar si se bajaba o continuaba porque sabía que ella continuaría, y decidió continuar porque eso le daría la oportunidad que buscaba. Tenía que hacerlo. No podía dejar escapar esa segunda oportunidad y calculó que dejaría que se bajara para hablarle porque tendría una mejor oportunidad.

Unas tres paradas más adelante, ella se levantó para bajarse y no tuvo más remedio que pasarle por un lado, pero ella no le reconoció ni él tuvo valor para dirigirle la palabra. Ella caminó hasta la puerta de atrás y él la siguió. Cuando el autobús se detuvo, ella saltó a la acera y él la siguió. Ella caminó hasta un joven que la esperaba y éste la recibió con un beso que ella le devolvió. Leonardo se quedó paralizado. Con eso lo había visto todo. Su viaje lo había llevado hasta una realidad que él no se la había propuesto, y envuelto en ella, no se pudo escapar de su desilusión.

En el camino a su casa no hizo sino pensar en lo que había sucedido y si eso había sido una jugada del destino, si era que éste existía o no, si era una enseñanza, una prueba, para que entendiera que la vida sí se hacía o se deshacía en un instante así uno tomara diferentes caminos, o si por tomar diferentes caminos llegamos a ciertas encrucijadas y vemos desde un rincón lo que hemos dejado de un lado. No podía terminar de entender su situación, y a lo único que llegó fue a la conclusión que no lo podía resolver y por lo tanto no lo debía tratar de resolver.

Leonardo llegó a su casa y como siempre caminó hacia su habitación, pasó frente a la cocina donde estaba su madre dando los últimos toques a la cena, la saludó y al llegar a su cama se tiró en ella, y dejó los ojos abiertos para mirar si todavía tenía las misma telas de araña en el mismo sitio, las contó y se dio cuenta que allí en su mundo nada había cambiado y cerró los ojos y pensó que mañana, o tal vez pasado mañana tomaría el autobús aunque fuera una vez a la semana para ver qué sucedía, para ver si era verdad que a la gente le cambiaba la vida en un instante.

Foto por Pi.1415926535 – Own work, CC BY-SA 3.0, Link

Luis Salomón Barrios

Luis Salomón Barrios

Escritor

Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.