Charles se trató de incorporar pero no pudo. Fue un acto instintivo frenado por un inmenso dolor como si tuviera una locomotora estacionada en el pecho. Trató entonces de levantar las manos y tampoco pudo porque las tenía atadas a punzantes jeringas que se conectaban a varios frascos que tenía a ambos lados de la cama. Apenas sentía las piernas cuando trató de moverlas y tuvo que contentarse con mover los dedos de los pies para convencerse que los tenía allí, aunque se acordó que los amputados seguían sintiendo a sus extremidades. Pero lo que más le preocupó fue que apenas veía y lo poco que pudo distinguir fue a una serie de personas vestidas de blanco que le rodeaban en lo que él podía percibir que le estaban observando, y cuando trató de pensar lo único que sintió fue como si tuviera la cabeza llena de algodón. La boca la tenía seca y la lengua pesada, y dejando caer la cabeza en la almohada se volvió a hundir en un profundo marasmo que lo llevó a un mundo de recuerdos, tal vez de sueños que él tenía escondidos en lo más recóndito de su memoria.

Charles Borromeo era un antillano de unos dos metros de alto por uno de ancho, hijo de un negro y una hispana que fue concebido en un pajonal de una hacienda, de las pocas que quedaban en St. Croix hacía casi seis décadas en los comienzos del siglo 20 cuando las lluvias que traían los huracanes caribeños que hacían fríos los días y cálidas las noches para los que tenían que cortar y recoger la caña, luego llevarla al ingenio en carretas tiradas por burros para que la convirtieran en azúcar, melaza y ron. Con la piel color canela, el pelo ondulado y los ojos verdes hacía que las mujeres se fijaran en él, pero sus ojos en ellas no. Tuvo la rara suerte de ir a la escuela primaria para aprender lo más elemental para que lo dejaran trabajar en la cocina de la hacienda donde llegó a aprender el arte de la cocina y la gastronomía. Su madre había sido una gran ayuda en su vida pues ella le había instigado el amor por la cocina, no por distracción sino por la necesidad de que él mismo comiera mientras ella estaba en la calle ganándose el sustento. No tuvo padre y tampoco hermanos, y creció con ella hasta que la encontraron muerta en la calle, sin ninguna explicación, lo que hizo que él quedara solo en el mundo, excepto por la cocina, que fue su segunda madre, decía él, pues ella le había salvado la vida, es decir, de ir a cortar caña.

Eventualmente, siendo todavía un mozalbete, se fue de la hacienda a trabajar en un hotel pequeño y de allí saltó a uno más grande donde llegó de ayudante de cocina y de ahí pasó a cocinero del mejor hotel de la isla Su suerte le cambió cuando salió retratado en la portada de una revista de turismo que lo reseñó como el mejor chef del Caribe. Fuera verdad o exageración, pero nunca mentira, pues Charles saltó a la fama y le ofrecieron mejores posiciones en los mejores hoteles de Miami, a donde se mudó y se hizo aún más famoso por su creatividad y su talento para compartir con los comensales entre los que un buen día conoció un productor de televisión que le propuso un programa para él solo, llegando así a la cúspide de su carrera que le permitió retirarse un par de décadas después con una buena suma en el banco a la no tan temprana edad de lo que él llamó el medio cupón, porque él dijo que el otro medio, suponiendo que llegaría al centenar, lo disfrutaría viajando de restaurante en restaurante y de playa en playa. Y así lo hizo.

Pasó el tiempo y volvió a abrir los ojos. Trató de darse cuenta de qué era lo que había sucedido pero poco pudo juntar sus pensamientos los cuales veía como un álbum fotográfico desordenado. Volvió a sus sueños.

Recordó que le gustaba sentarse en el rincón de los restaurantes desde donde podía observar a todo el local y a la clientela. A él le gustaba ver todo lo que sucedía: quién llegaba, quién salía, qué pedían, qué comían, qué bebían. Como tenía tiempo de sobra, al llegar solamente pedía una botella de agua mineral con gas, y leía el menú con toda la calma del mundo y después de la tercera o la cuarta vez que el mesero le había preguntado qué iba a comer, solamente le pedía una sopa, como si no quisiera más nada, y cuando el mesero le iba a retirar el menú, lo sostenía con fuerza y le explicaba que todavía no había pensado en el segundo plato. Así, entre lectura y lectura observaba con suma diligencia todo lo que sucedía, como un detective esperando a un sospechoso. Pero él disfrutaba porque eso le hacía pasar el tiempo. Detallaba a las mujeres que entraban solas y echaba a rodar la imaginación sobre la posibilidad de si se hubiera casado con ellas. Si era una mujer pasada de años para su gusto, pensaba que ella había sido bonita y luego se había puesto así. Si era una joven, que si él le propusiera matrimonio, qué diría ella, y si con el pasar de los años ella se pondría como la otra a quien le sobraban los años. Pero a todas les encontraba defectos, si no era la edad, era la estatura; si no era el busto, que si era mucho o poco. O eran las caderas; si no eran los modales, era la ropa; en fin, nunca se satisfacía porque el no llegar a una determinación sobre cuál era su objetivo real de escudriñar como un juez del concurso de belleza, a toda la que entraba, sin importarle la edad. Era imperdonable porque no se le escapaba ni una y odiosamente las calificaba con una puntuación que escasamente pasaba de los primeros dígitos. Se reía para sus adentros y se decía que era un chico malo.

Al mediodía visitaba un restaurante y en la noche a otro. Para todas las comidas cambiaba de lugar con el pretexto de conocerlo, arriesgarse, como decía él, si era poco conocido, o aventurarse, si era muy recomendado por las guías gastronómicas a las que él estaba suscrito, varias, para estar seguro de lo que ofrecían, o advertían, según el caso, pero en el fondo era, para él ir a un lugar distinto. De todos modos, si no hubieran inventado las guías de restaurantes, él igualmente hubiera hecho su recorrido porque en el fondo, aunque nadie lo sabía, su objetivo era pasar el tiempo porque eso era lo que a él le sobraba, pero ése era su mejor secreto. Por su soledad, no se preocupaba lo que pensaran y él prefería que creyeran que era un soltero empedernido, un sibarita que desgarraba a los restaurantes en sus columnas gastronómicas que se publicaban en varios periódicos de esa y otras ciudades, que estaba dedicado a la buena vida y la vivía. Algo que él también disfrutaba era del callado placer de ese terror que infundía a los dueños de restaurantes, porque casi nadie le conocía esa identidad secreta y llegaba a los restaurantes pasando desapercibido, escurriéndose entre el resto de la clientela y hasta haciéndose el que no sabía lo que iba a pedir, algo que en realidad él había estudiado muy detalladamente desde su casa, empezando por la receta y todas sus variaciones, para investigar desmenuzando al plato como si fuera una autopsia, extrayendo uno a uno los olores, los sabores y los colores de los ingredientes, para saber cómo había sido formado, pensado, elaborado, ensamblado y cocinado. Y por esa razón era un elemento pasado de peso y de manías, toda una receptoría ambulante de estupideces que leía en otras revistas para repetirlas en sus escritos como si fueran productos suyos, copiadas, tergiversadas, desfiguradas para impresionar con vocablos que nadie sabía lo que querían decir pero que aterraban a sus lectores y espantaban a la clientela de muchos sitios. Su “nom de guerre” era, apropiadamente, “guillotine”, pues no era precisamente de pluma, odiado, admirado y temido, pero sus allegados, de muy pocos a ninguno, se le arremolinaban y le guardaban pleitesía porque creían que era la representación de un verdadero gurmand que había visitado los mejores sitios del mundo en busca de la felicidad del paladar solamente y no la felicidad del resto de su cuerpo porque, secretamente, era un individuo lleno de dolencias y achaques pero que sabía guardarse las quejas para que no supieran que en realidad era un ser antigregario y muy íntimamente, tal vez misógino. Las toleraba, las pasaba y hasta las atraía, pero en público solamente para que no creyeran que no se había casado nunca por otras razones, y a todo el mundo le  decía que no le había llegado la hora del matrimonio.

Mucho se había preguntado él mismo el porqué de su vida sin encontrar la respuesta pues el tiempo lo había llevado por todas las décadas de su vida sin compartir nada con nadie, ni pública ni íntimamente. Era un ser solo, tan solo como una almeja, enconchado, cubierto por todos lados en la coraza de su miedo que nunca le había permitido decirle nada a ninguna mujer, ni de amistad y mucho menos de amor, ni remotamente que le fuera a proponer matrimonio. Así, se le había pasado la vida, y creía que se la iba a terminar de pasar, solo, hasta el final de sus días, eso, realmente le aterraba. Vivía solo como un monje el cual solo pecaba de gula y no compartía nada con nadie. Paseaba solo y cuando llegaba a comer, también lo hacía solo, salvo en muy escasas oportunidades; pensaba, añoraba sentarse con una compañía, preferiblemente femenina, pero nunca lograba tener el coraje para invitar a alguien.

En su rutinaria vida de vivir y comer, una tarde que paseaba por un parque sintió un dolor en el brazo izquierdo que le detuvo el paso. De allí le fue subiendo sin prisa pero sin pausa hasta que le cruzó el hombro y le pasó al centro del pecho. Creyó que era producto de una indigestión del enorme almuerzo que había tenido en compañía de unos amigos, y empezó a sospechar del pescado, pero éste había sido un mero a la sal, un plato que en ese restaurante no podían haberlo hecho mal porque era de un español conocido suyo y el asturiano nunca se hubiera arriesgado con él. Podía haber sido la combinación de licores, recordó, primero una champaña muy seca para degustar las ostras, pero aquéllas olían con una frescura garantizada a mar, como si las hubieran sacado esa mañana de los manglares que no estaban muy lejos de allí. Ni la sopa de cola de tiburón, porque las sopas no le caían mal a nadie; ni el vino Reserva Especial de Vega Sicilia, rojo, muy seco, excelente, porque él lo había degustado antes de tomarse la botella. Ni las cocochas que le habían servido con la ensalada de endivias antes de traerle el mero; ni la segunda botella, un Agro de Bazán Granbazán Limousin, pálido de color y olor afrutado porque también la había probado antes de tomársela. Ni fue el postre, porque el flan estaba muy bien cocido; ni los quesos porque su penetrante olor les garantizaba su calidad; ni las frutas porque eran frescas de la temporada; ni el café porque la máquina italiana no se equivocaba; ni el Cohíba con que había cerrado su almuerzo, ¿entonces, qué fue?, pero no escuchó la respuesta porque el dolor le punzó el estómago y de allí se le subió por el esófago como un destello eléctrico hasta que le llegó a la garganta, le dieron ganas de vomitar y cuando se arqueó, lo último que vio fue al piso, porque lo siguiente que vio fue a un señor vestido de blanco que le dijo ¡bienvenido!, con una leve sonrisa.

Lo único que le salió de su reseca garganta fue un ronquido que preguntó ¿dónde?

¡Al mundo de los vivos!, porque hasta hace poco estuvo por un rato en el de los muertos.

La inmensidad de Charles trató de centrar a su cabeza y cuando quiso abrir más los ojos para enfocar a su interlocutor se dio cuenta que la luz le molestaba los ojos.

¡Descanse!, le ordenó el hombre vestido de blanco haciéndole una señal de alto con la mano. No debe hacer nada que le incomode, le explicó, recuéstese y duérmase.

Todo eso, por lo poco que podía entender era una tontería porque poco podía contradecir al extraño. Ni se podía levantar, ni se quería levantar, y tenía mucho sueño. Sobre todo, no quería hablar, y solamente cerró los ojos y se devolvió hacia donde había venido.

Cierto tiempo más tarde, quién sabe cuánto, Charles volvió a despertar e instantes más tarde reaccionó mejor cuando vio a una enfermera que lo miraba con una paciencia con la que nadie le había mirado en muchos años. Se acordó de su madre. Obviamente soñaba.

Su recuperación le tomó un par de semanas más y cuando pudo entender totalmente lo que le había sucedido se enteró que había estado recluido por casi tres semanas por un infarto que le había desbaratado el corazón al punto que se lo habían tenido que reemplazar totalmente. Tenía un corazón nuevo, y la prueba era la cicatriz desde el cuello hasta el ombligo que parecía que lo hubieran picado en dos mitades.

Aunque al principio le dio escalofríos y luego que aceptó la realidad de que tenía un corazón de otra persona, sintió hasta un gran sentido de extrañeza no solo por haber prácticamente resucitado sino por vivir gracias a otra persona que obviamente no estaba viva, algo así como entre depresión y euforia por no estar muerto sino viviendo una vida prestada, que le empezó a hacer gracia eso de tener un nuevo corazón, y entonces empezó a creer que eso le inspiraría nuevos sentimientos a su vida y que él mismo, ahora, tenía un nuevo mundo que descubrir. Y esta curiosidad le llenó de ilusiones por enfrentarse a lo que él creyó que sería una segunda vida, una nueva oportunidad para culminar lo que él llamó su primera etapa, y ahora, esta era la segunda, y por supuesto, la final, porque estaba seguro que ahora sí entraría de lleno a vivir lo que le quedaba reservado para él, sin saber qué era.

Pero la realidad no fue exactamente como él se la esperaba. Lo primero que le tenía reservado su nueva vida fue una estricta dieta, la cual no fue nada de su agrado. Tenía que rebajar de peso, controlar los triglicéridos, el colesterol, el azúcar, y abandonar el alcohol y el tabaco, en otras palabras, cambiar de alimentación, de los hábitos que le habían llevado a taparle las arterias y a vivir con la presión, el azúcar los triglicéridos y el colesterol por el techo, restándole los días en vez de sumárselos. No podía seguir comiendo lo que él venía comiendo por casi toda su vida, donde había empezado probando a todo lo que cocinaba y luego comiéndose todo lo él y otros cocinaban, sino que ahora tenía que recurrir a una dietista en vez de a un menú. Y consideró que era algo así como el colmo de la desgracia de un chef el que tuviera que entregarse a otra persona para que le dijera qué y cómo tenía que comer.

Lo segundo que le tenía reservado su nueva vida fue un rosario de pastillas y cápsulas para ayudar a los ejercicios que tenía que hacer a diario. En otras palabras, le dijo el cardiólogo, o cumple o se muere, pero esta vez definitivamente, porque los trasplantes sólo se hacen una vez en la vida y usted ya utilizó el suyo. Charles no sabía si eso era verdad pero sí salió convencido que tenía que cambiar de vida o morirse de un brinco en la calle, o en la cama, y solo.

¡Pues no!, se dijo al salir del consultorio. Estaba dispuesto a cambiar de vida. Se armó de todas las pastillas que le mandaron para bajar todo lo que tenía alto y subir todo lo que tenía bajo, es decir, para controlar su descontrol. Lo que más lamentaba, era, por supuesto, la comida y los vinos que iban con ella. Pero estaba dispuesto a vivir más sin el temor de un infarto a la vuelta de la esquina.

En vez de ir a los restaurantes empezó a ir a los mercados a pie a comprar todos los ingredientes, como lo había hecho él muchas veces antes de retirarse. Se iba caminando muy de mañana cuando el clima todavía estaba fresco, se paseaba entre los estantes e iba escogiendo cada fruta, cada vegetal, cada ramita, con las pinzas de sus dedos. Se paraba frente al aparador donde estaba el pescado, las aves y la carne y miraba con detalle los colores, luego los olía y los tocaba para que el olfato y el tacto los aprobara. Compraba solo frutas de la temporada para hacer sus propios postres, sin nata y sin azúcar, y quesos magros que acompañaba con agua mineral que añadía a una copa de vino, para saborear mejor la comida. Su consuelo lo encontraba en el mantra que se repetía mientras libaba su vino bautizado: ¡peor es nada!

Por las tardes se iba a los cafés y allí solamente pedía un café expreso mientras leía el periódico y veía con envidia a los otros comensales que comían pasteles y tortas cubiertas de crema y frutas, o un coñac o un amontillado, oliendo en su imaginación lo que él recordaba de sus buenos años de sibarita.

 Algunas noches, cansado de cocinar, se iba a un restaurante a comerse un pescado al horno o una carne asada con mucha ensalada, adornada solamente con vinagre y aceite de oliva, sin postre pero con café negro, o un té para variar. A los meses, había logrado adaptarse a su nueva vida en todo lo que el médico le había recomendado y había logrado bajar casi todo lo que le sobraba haciéndose de una nueva figura que le llevó a cambiarse toda la ropa y a dejarse unos bigotes para disimular las arrugas de su nuevas facciones hasta que se dio cuenta que había hecho todo lo que los demás le habían dicho, menos lo que él más quería: conseguirse una mujer para casarse, y empezó a urdir una estrategia para ese fin.

Primero se valió del anonimato del seudónimo escribiendo anuncios en las columnas de los periódicos y las revistas donde se ofrece un amor a cambio de otro, pero resultaron en espectaculares fracasos porque se le presentaban desde prostitutas hasta mujeres que obviamente buscaban un refugio económico para su vejez. Luego recurrió al complot, o sea a recomendaciones de los amigos de mujeres que ellos conocieran, pero también resultó en una cadena de fracasos porque obviamente lo que él buscaba no era lo que ellos recomendaban: o eran muy jóvenes o muy viejas; o muy gordas o muy flacas; o muy altas o muy bajas; en fin, no era posible encontrar un promedio de lo que él buscaba hasta que al final llegó a darse cuenta que él mismo no sabía qué era lo que quería, o más difícil aún, que nadie se lo podía buscar sino él mismo. Entonces recurrió a un acto desesperado de solución espiritual invocando a San Judas Tadeo, patrono de los que buscan matrimonio para que le reparara esa alma gemela que estaba en algún lado que él no sabía dónde.

Charles hizo la novena completa, culminando con misa y comunión, tal como se la había recomendado la señora que operaba la tienda de amuletos y objetos sagrados, desde conchas ensalmadas hasta rosarios traídos de Roma y benditos por el Papa para cualquier ocasión, y ésta era la suya: el matrimonio, y al final, lleno de optimismo se dispuso a encontrar a su futura consorte.

Fue a los bulevares a ver quién estaba paseando; a las calles a ver quién estaba caminando; a los cines y al teatro a mirar más para los lados que para el frente; a la piscina pública a caminar alrededor de la alberca; a la biblioteca pública a simular que estaba leyendo algo pero en realidad espiando a las lectoras; a las librerías donde pasaba el tiempo buscando un libro que nunca encontraba porque a veces ni existía; a las tiendas por departamentos, buscando algo sin decir qué porque era para un regalo; a la iglesia, a los bautizos, a los matrimonios, a las fiestas de sus amigos, a los eventos públicos y hasta los velorios, pero nunca veía a nadie que le diera esa inspiración, que le acelerara el pulso, que le hiciera brincar el corazón, nadie, absolutamente nadie, porque cuando no tenían un defecto, tenían otro, o andaban acompañadas, o ni siquiera lo volteaban a ver, ni le respondían la mirada o la sonrisa que usaba de señuelo, todo había resultado en un fracaso, y finalmente llegó a concluir que tal vez todo era culpa de su corazón, o mejor dicho, de su nuevo corazón que no respondía ante nada, porque era como una piedra, que no era capaz de enamorarse porque era imposible que después de haber conseguido tantas citas, invertido tanto tiempo, esfuerzo y dinero, de haber pasado momentos desagradables y no tan desagradables, de sustos y desilusiones, inclusive, el que había dejado como último recurso, el de una agencia matrimonial donde le enseñaron más de doscientas fotos, él no hubiera conseguido a nadie, absolutamente a nadie, que era lo más cercano a imposible, ni matemáticamente demostrable, ni estadísticamente  calculable que en este mundo, en varios países que había recorrido a través de la Internet, de revistas, de viajes, de entrevistas programadas y encuentros fortuitos y casuales, de cartas con fotos y sin fotos, no hubiera una sola mujer que a él no le inspirara ese deseo de hacerla su esposa. Ante esa horrible conclusión sólo le quedó como último remedio ir al cirujano que le había operado para preguntarle sobre la identidad del donante de su corazón para indagar sobre su pasado, su origen, sus sentimientos, y él estaría dispuesto a investigarlo personalmente, y si esto no fuera exitoso, contrataría a una agencia de detectives para que rastreara a esa persona y sus más íntimos secretos para desenmarañar esa incógnita que se había vuelto un infierno en vez de un paraíso, y lleno de esperanzas se fue a ver a su doctor y le espetó la gran pregunta sin revelarle la verdadera razón de su visita: ¿quién había sido el dueño de su corazón?

Al principio el doctor le dijo que la identidad de los donantes era absolutamente secreta por razones múltiples que iban, desde simple ética profesional por aquello del juramento hipocrático, hasta deseos de los familiares para que los recipientes no les contactaran, como igualmente ellos, los médicos, tampoco revelaban la identidad de los recipientes a los familiares del donante por las mismas razones. Es una cuestión de mutuo acuerdo y usted firmó ese contrato, aunque usted no se acuerde ahora, le dijo el médico desde su escritorio apuntándolo con el dedo como si fuera un dardo lleno de dolor. A Charles no le quedó más remedio sino confesarle su problema al doctor, es decir, que no conseguía con quién casarse porque no se enamoraba de nadie. Entonces, para bajarle el nivel de ansiedad que le mostró Charles, el médico bajó el tono de su voz y el dedo y le dijo: bueno, señor Charles, lo que le pasa a usted y para que pueda encontrar su respuesta, solo le diré que su corazón no tenía dueño sino dueña pues fue de una joven monja que murió en un accidente de tránsito el mismo día que usted fue traído al hospital y si pensamos correctamente, creo que ella sólo amaba a Dios.

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Luis Salomón Barrios

Luis Salomón Barrios

Escritor

Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.