A mis amigos Silvia y Eduardo Blanchet
Cuando salí del aeropuerto internacional después de un vuelo de no sé cuántas horas desde Caracas, con la cabeza más aturdida que despierta, me fui hasta donde estaban los taxis y le dije a uno de los choferes que me llevara hasta la avenida Corrientes. Escupió el cigarrillo seco que sostenía entre los labios y me contestó con otra pregunta, ¿la calle o la avenida?, y continuó con un tono de sorna, ¿va a ver si existe el número 348? No, le dije sin reírle el chiste, quiero ir a donde pueda tomar el subte para llegar a la estación Dorrego, en el cruce con la avenida Corrientes, en La Chacarita. Despabilando los ojos me tomó con desgano la maleta y la metió en la parte de atrás y me dijo con ese acento bonaerense inconfundible, pasá.
Volamos por calles y avenidas atestadas de gente, automóviles, autobuses y hasta uno que otro coche tirado por un mulo halando un remolque lleno de verduras y flores frescas. Muchachos vendiendo periódicos. Policías dirigiendo el tráfico. Cafés con mesas en las aceras llenas de gente que leían el periódico. Mujeres con niños de la mano. Parecía que nada había cambiado, sin embargo, todo había cambiado porque de pronto no sabía dónde estaba y solo el olor del humo de los vehículos se me hacía familiar. Aspiré y recordé cuando caminaba desde mi casa al colegio, al principio, de la mano de mi papá, y luego solo, y finalmente con Diego, a veces corriendo, o caminando, jugando, gritando, saltando pozos de agua, ese amigo a quien había venido a buscar después de tantos años. ¿Y dónde más lo podía empezar a buscar si no era allá donde nos dejamos de ver?
Tomé el subte, solo, por supuesto, como lo hacía de pequeño. Al principio un poco perdido y fuera de aceleración porque habían cambiado el sistema de boletería y tenía que mirar las monedas como si fuera un niño contándolas una a una, al igual que los billetes, y después de preguntar a varias personas tomé la línea B. Me dijeron que eran once estaciones. Lo tomé en la estación Alemán. Entré con mi maleta y estuve un rato de pie, solo por el placer de sentir el vaivén del tren, y el resto, me senté en una ventana, medio abierta, para oír más de cerca la aceleración y miré hacia afuera como si fuera a ver algo que no fuera la falta de luz.
Inmediatamente me acordé del ruido que hacía dentro del vagón, pero me gustaba, porque no era ruido, para mí, era sonido, era como una música acompasada de viaje rápido, el chasquido intermitente que se hacía rítmicamente musical, acelerado, aunque en cierta forma, adentro era silente porque nadie hablaba, todo el mundo o leyendo algo, o mirando al que tenían al frente pero sin verlo; unos, agarrados de los postes para no caerse cuando el tren cambiaba de velocidad, y otros mirando a sus pensamientos y sin necesidad de mirar hacia fuera para ver el nombre de las estaciones, excepto yo, que era como un niño, otra vez sintiéndome niño, porque desde niño me maravillaba viajar en el subte, recordando a mi padre que a veces me llevaba a pasear en él, sin importar a dónde íbamos, tal vez porque no teníamos auto, tal vez sólo para darme el gusto de un paseo el sábado por la tarde, o el domingo, que íbamos los tres, él, mi mamá y yo, todos agarrados de la mano, a la iglesia que estuviera más lejos, pero no por la misa sino por el paseo de ida y vuelta, y sobre todo, cuando estaba más grande que íbamos al fútbol, y ese día era el mejor día de todos los días del mes, por supuesto, dependiendo de las notas del colegio, porque si no, se iba solo. Me gustaba sentir cuando aceleraba y cuando se acercaba a las estaciones porque desaceleraba y la gente se movía como una ola marina que llega y se regresa al mar, el bamboleo del carro, el frenazo que se oía tan raspado y penetrante como el sonido de la elle y de las ye de los bonaerenses, todo eso me embelesó porque sentí que estaba de nuevo allí, en mi Buenos Aires querido, hasta que de repente vi en la pared en grandes letras el nombre de Dorrego. Se encendieron las luces de la vía y todo se vio claro. Había llegado, pero solo al final del principio, porque esta era una historia que empezaba por el final y yo tenía que ser el protagonista, y cuando me bajé, a pesar de los cambios que le habían hecho a la estación, me sentí otra vez en casa.
Instintivamente tomé la dirección hacia donde estuvo mi casa en la calle Otero, no muy lejos a solo un par de cuadras, pero todo me parecía distintamente familiar. Si bien los edificios eran los mismos, las bodegas estaban en el mismo sitio, al igual que varias floristería que exhibían coronas para los muertos guindadas de sus puertas como un lúgubre presentimiento para que los vivos se acordaran de los muertos que estaban a un par de cuadras más allá por la avenida Newbery, los edificios estaban igual de sucios, con las ventanas abiertas y la ropa colgando de ellas, y las calles también iguales, solo que ahora parecían más angostas por la cantidad de autos y motocicletas que pasaban dejando estelas de ruidos sin cesar. Y en las aceras, niños jugando fútbol interrumpiendo a los peatones y a los autos, todo eso igual que lo que nosotros hacíamos al llegar de la escuela, excepto que esos niños con los que yo jugaba ya se habían ido todos. Tal vez yo era el único del equipo que estaba allí.
Me dio miedo entrar a preguntar en los cafés porque no sabía ni a quién buscar, pero porque no me aguantaba, me asomé en uno y me llegué hasta la barra, olorosa a café y a humo de cigarrillo, pero no conocía a nadie. Ni siquiera voltearon a mirarme a pesar de que entré con la maleta. Tal vez creyeron que era un vendedor ambulante y todos se hicieron los que no me vieron. Me pregunté si había hecho lo correcto en venir, entonces me acordé que alguien una vez me había advertido que uno no debía volver a donde había estado porque podía desilusionarse, y estaba empezando a creer que era verdad, y no quise seguir pensando más en la gente de antaño. Tuve que volver a la calle pues sólo quería conseguir a un hotel para sentarme a reorganizar los pensamientos porque sentía que los había desorganizado. Pensé que en el trayecto vería alguno, y caminé con mi maleta como si anduviera huyendo, como un refugiado de mi pasado, pero ya no podía regresar. Al fin llegué a uno y me quedé.
Ese otro día, después de pasar una noche incómoda en un hotel que ni siquiera tenía una estrella sobre él en el firmamento de su placa con su nombre, salí hacia el primer punto de referencia que en realidad tenía en mi mapa mental: era la escuela primaria donde habíamos estado hacía unos treinta años, la Jean Piaget, en la calle Roseti.
No sé cuántos años regresé en un instante para tomar la mano de mi padre y caminar con su recuerdo por la calle Dorrego hasta la Roseti. Caminé contando los pasos como yo lo hacía, aunque no me recordara cuántos eran en total. Todos los días los contaba para saber si había caminado más o menos. Mientras más nos acercábamos a la escuela, más rayadas estaban las paredes de las casas vecinas: algunas con insultos a los maestros, otras con insultos a los alumnos y otras con insultos al gobierno. Eran para reírse. Nadie las borraba, ni siquiera los dueños de las casas porque era tiempo perdido ya que al siguiente día si había un solo espacio limpio, lo rellenaban rápidamente. Pero uno tenía que leerlos para asegurarse que el nombre de uno no aparecía en ese periódico público en el que democráticamente se expresaban los alumnos y quién sabe cuántos más.
Pasé los mismos lugares, solo que estaban de distintos colores, con otras gentes. Había perros dormidos en los dinteles de las ventanas. Siempre había perros dormidos, excepto que en esos tiempos los puyábamos con un lápiz y salíamos corriendo dejando una estela de carcajadas. Y cuando llovía, dábamos brincos sobre los pozos de agua para ver si alcanzábamos a bañar a quien estuviera más cerca. A veces había peleas callejeras, pero no duraban mucho. De pronto, llegué a la escuela. Era la misma, por fuera. Me pareció que entraba de niño y me pareció oír los gritos de la maestra de guardia que gritaba “sin correr, sin correr”. Le hablé al portero, un viejo con un guardapolvos que guardaba todo el polvo de la calle. Al entrar pregunté por el director, que por supuesto era otro, y después de contarle a lo que había regresado le pedí que buscara en los libros la dirección de Diego, mi amigo, a quien quería encontrar. Me dijo que eso estaba prohibido, pero considerando la historia desde que habíamos estudiado ahí, y yo me había ido a Caracas, la noticia del periódico de los desaparecidos o lo quimérico de mi deseo de encontrarlo, además de advertirme que tal vez no la encontraría, me dijo que haría una excepción y que volviera en un par de días.
Diego fue mi mejor amigo en la escuela. Lo vi por primera vez un día al salir de la escuela en el tercer grado, y vi que tomábamos la misma dirección a pie, por la Dorrego. Era más alto que yo. Con los ojos como el café claro y el pelo igual. Siempre andaba con una gorra roja y cuando se dio cuenta que iba a su lado, solo se volteó y me dijo, como advirtiéndome, yo soy comunista porque su padre era comunista, ¿y vos? Yo ni supe qué me quería decir. Me encogí de hombros y caminamos juntos pero sin hablarnos, hasta que nos salió un grupo de muchachos, entre más pequeños y más grandes que nosotros y nos hicieron una barrera en la acera. Mi primera sospecha fue que eran pandilleros y nos vimos fritos, pero viendo que Diego se plantó como para enfrentarlos, no tuve más remedio que hacer lo mismo. Lo que los del grupo querían era saber si podíamos jugar al fútbol pues necesitaban dos jugadores para completar los dos oncenos. Diego los vio a todos, luego volteó, me miró y se sonrió, y les dijo en tono desafiante que sí jugaríamos con ellos, pero si los dos jugábamos para el mismo equipo, porque éramos amigos y no podíamos enfrentarnos. Esa tarde fue fenomenal: nos fuimos al parque Los Andes y allí montamos el juego, nosotros contra ellos, sin conocer a más nadie pero sabiendo que este era nuestros equipo y que ellos eran los contrarios, y aunque empatamos, al final del juego todos nos despedimos dándonos la mano y asegurándonos otro partido para otro día, y cuando Diego se me acercó y me dio la mano me dijo, que desde ahora en adelante, siempre jugaríamos juntos, y yo se la apreté con gusto y le prometí lo mismo. Fue un juramento de amistad.
Caminamos hasta mi casa y le dije que entrara. Subimos hasta el cuarto piso donde yo vivía y lo primero que mi madre me cantó fue el estribillo acostumbrado de “¿por qué tardaste tanto, que ya estaba preocupada?” Sin más, le dije que teníamos que celebrar porque yo tenía un nuevo amigo, y le enseñé a Diego, y ella sonriéndose me dio unas monedas para que nos fuéramos a celebrar bebiendo un refresco al café de don Eloy.
Lo demás fue la historia de una bella amistad colegial de la primaria. Niños que crecíamos en un barrio de una gran capital. Conocíamos cada calle, cada esquina, cada bodega, cada café, cada floristería, que por cierto abundaban, y hasta las ranuras y los huecos de las aceras, pero nunca me llegué hasta su casa porque él solamente me dijo que vivía más allá, indicándome con el dedo, con una tía, porque sus padres eran del interior y lo habían mandado a la capital a estudiar en una escuela buena porque en su pueblo solo había una. No tuve por qué dudar de su palabra y nunca quise pedirle que me llevara a su casa; en cambio él, siempre venía a la mía. Cuando nos hicimos más grandes, los sábados íbamos a veces a dar una vuelta en el subte como si fuera en nuestro auto particular, y los domingos, cuando nos dejaban, íbamos a algún partido de fútbol.
La otra diversión que teníamos, y la que nadie sabía en mi casa, fue la de ir al cementerio que estaba a un par de cuadras de mi casa. Él me enseñó a que no le tuviera miedo porque ahí vivían los muertos y los muertos estaban muertos, y enterrados. Yo le creí. Se lo conocía de memoria. Caminábamos por las calles llenas de gente que llevaban ramos de flores y rosarios en las manos. Mujeres vestidas de negro; hombres de saco y corbata, como si fueran a visitar a un amigo, y luego entendí que sí era así. Ellos iban a visitar a sus amigos, a sus parientes. Mirábamos las fechas de las tumbas y sacábamos la cuenta de cuántos años habían vivido y cuántos años hacía que habían muerto, de cuantos descendientes habían tenido, y cuánto tiempo tenían de olvidados. Algunas lápidas tenían fotos. Algunas estaban bien cuidadas, otras, en cambio, olvidadas. Vimos cómo enterraban y cómo lloraban los parientes. Cómo se despedían. Cómo miraban los hombres, cruzados de brazos para no dejar escapar sus sentimientos, y cómo lloraban las mujeres, abriendo los brazos, para dejar escapar sus sentimientos. Vimos a los viudos y a las viudas, a los huérfanos, y a los pobres, y a los ricos, a los viejos y a los jóvenes, cómo todos por igual se iban a la tierra de donde habían venido y entendí eso de hacerse polvo. Un día fuimos a la zona donde enterraban a los que se encontraban en la calle, o quedaban en los hospitales sin parientes, o morían en las cárceles, todos sin nombre, o con cruces tan simples que el nombre se les borraba después del primer aguacero. Ellos también volvían a la tierra al igual que los otros.
Pero lo más espectacular de todos fue cuando fuimos a ver la tumba de Carlos Gardel. Parecía una procesión que se hubiera detenido porque había música, flores, gente alegre, aunque algunas mujeres llorando como si se hubieran quedado viudas, y uno que otro hombre también llorando como si hubiera perdido a un hermano. Había una rueda de vendedores de amuletos, recuerdos, estampas, fotos y hasta discos, y para colmo, un fonógrafo que tocaba a todo volumen el tango Adiós Muchachos, por el mismo Zorzal, como si estuviera allí mismo despidiéndose de aquella ciudad, de sus amigos que no se habían venido a despedir aquél día cuando lo enterraron, hacía yo no sé cuántos años. Creo que esa noche soñé que yo había estado en ese entierro y que luego volvía a oírlo despedirse, una y otra vez, al punto que cada vez que oía ese tango allá en Caracas, volvía a La Chacarita y sentía que tanto Carlitos como Diego, estaban conmigo a mi lado.
Cuando se terminó la primaria nos separamos porque fuimos a dos escuelas distintas; sin embargo, cada vez que podía, venía a visitarme. Ahora teníamos historias diferentes para contárnoslas, especialmente porque él se fue a una de esas escuelas vocacionales a aprender una profesión porque me dijo que él nunca sería un ingeniero o un abogado o un médico. Su padre tenía unas tierras y él volvería a su pueblo y él tendría que atender a su estancia, o se perdería porque él no tenía más hermanos. Mi padre, en cambio, era burgués de sentimientos y aspiraciones y pensaba que yo sí debía tener una profesión para trabajar en una ciudad grande, así como Buenos Aires, aunque algo mejor que lo que él había sido, que era auxiliar de contabilidad. No le entendía mucho, pero creí que así tendría que ser.
La última vez que vi a Diego fue en mi cumpleaños número 16 cuando se apareció con un balón de fútbol de regalo, usado pero en buenas condiciones, aunque lo que más me llamó la atención fueron sus zapatos que nunca se los había visto. No le dije nada pero no pude evitar mirarlos más que al balón, por lo que él me dijo, bueno, te gustan o no te gustan, y como nos permitíamos ser totalmente honestos, le dije que sí, aunque no me los pondría, y se echó a reír. Es que bailan solos, me dijo, son divinos para bailar tangos, si vieras, o mejor dicho, sintieras cómo se deslizan, son ellos los que me llevan a mí. Yo me reía porque todo el mundo le miraba los zapatos, aunque nadie decía nada. Nadie se atrevía. Pero a él no le importaba. Es más, le dijo a mi padre que pusiera un disco de tangos y él se puso a bailar solo en el medio de la sala. Bailó, Adiós Muchachos, haciéndonos un show como el de un teatro, solo, se deslizó por el piso de madera como si estuviera sobre una nube, y al terminar, todo el mundo lo aplaudió y por supuesto, le pidieron que bailara más, pero él dijo que tenía que irse, y se fue. Más nunca lo vi. Más nunca supe de él porque nadie me pudo dar razón de su paradero. Era como si se hubiera esfumado. Es decir, nadie, hasta que vi la noticia en un periódico viejo que leí en Caracas.
Por supuesto que el director me dijo que tenía la dirección de aquél entonces y me la escribió en un papel. Me fui a buscarla y en realidad no estaba muy lejos de mi casa, pero por supuesto, nadie me supo dar una indicación de Diego Iturri. Nadie sabía de él. Era un caso perdido seguirlo buscando por allí.
Me fui a la delegación principal de la policía bonaerense y me recibieron de muy mala gana cuando les dije a quién andaba buscando. Después de ir esperar varios días se limitaron a decirme que sí había estado allí, y que lo habían liberado, que no sabían más nada o no quisieron decir más nada. La respuesta, sin embargo, me dio la impresión que algo malo le había sucedido. Me fui a recorrer los hospitales y luego de varios viajes por las administraciones y las morgues, llegué a la conclusión que no había rastro de él. Se había desaparecido así como se desapareció desde aquel día de mi cumpleaños, hacía algo más de veinte años. Pensé que había perdido el viaje, y me fui a los principales diarios a ver si podía leer algún indicio, hasta que al fin encontré lo más cercano a la conclusión de mi búsqueda. El periódico relataba que habían recogido varios cadáveres y los describía porque no tenían identificación, pero eso dadas las circunstancias del momento, pero tampoco indicaban nada en particular, de modo que uno podía pensar lo que uno quisiera. Eso concluyó mi historia. El corazón me dijo que quién sabe dónde estaría Diego.
Yo no sé si Diego se volvió a acordar de mí, aunque estoy seguro de que sí, pero yo sentí que él representaba a todos aquellos que se habían desaparecido en los años de la dictadura, y eso fue lo que me hizo volver a Buenos Aires: querer saber que aunque muchos se habían desaparecido, no todos estaban muertos. No sabía dónde estaba él, ni si estaba vivo o muerto, pero para mí, ya no podía seguirlo buscando. No sabía qué sentir, excepto que debía dejarlo ir, donde estuviera, como estuviera.
Tal vez por el deseo de sentir una vez más que me acercaba a él, que andaba con él, me fui a La Chacarita hasta donde estaba el área de los desconocidos, sin flores, sin cruces, sin dolientes. Pasé la vista sobre el terreno y le dije a Diego que había venido a despedirme de él para que los dos descansáramos en paz, y sentí que fue así porque sentí un alivio en mi corazón. De regreso hacia la salida, la curiosidad o el subconsciente me llevó a pasar frente a la tumba de Carlos Gardel, y estaba igual que aquel día que vine con Diego, volví a oír el mismo tango con la voz de fonógrafo del zorzal que salía de adentro del montón de gente que rezaba, cantaba y lloraba, y sentí que como si fuera yo que le decía adiós muchacho compañero de mi vida…
Ese otro día, despidiéndome de mi Buenos Aires querido, regresé a Caracas.
Foto por Herbert Brant de Pixabay

Luis Salomón Barrios
Escritor
Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.

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