No hacía falta ni curiosidad patológica ni amarillismo periodístico, ni mucho menos exceso de tiempo libre para que la noticia que traía el diario esa mañana titulada “Bandido ataca mujeres en la vía pública” atrajera a los lectores. Se trataba, según el reportero, de varios casos de asalto contra mujeres de varias edades que la policía estaba investigando, lo que quería decir, sin leer entre líneas, que ya no era una coincidencia sino la versión de varias víctimas que relataban exactamente en la misma historia: que un hombre joven las había asaltado a plena luz del día en la calle, les robaba las joyas y la cartera, y huía con la rapidez de una centella. No sabían quién era, pero sí cómo era, pues al pillo no le importaba no llevar máscara, es decir, enseñaba la cara, y por lo tanto, le podían identificar. Por supuesto que como toda noticia periodística de un diario especializado en escándalos y cuyas noticias no pasaban de una sola publicación sin seguimiento, era muy escueta, falta de detalles, y tal vez hasta inventada, por lo que no pasaría de ser una de esas que nunca se sabría cuál era el resultado definitivo de la investigación, si era que la había, y los lectores de sensacionalismos la habrían olvidado ese mismo día por la tarde. Pero no fue así porque la noticia llegó esa misma mañana al escritorio del segundo jefe de la Policía Metropolitana de París, quien no la tomó como una más sino como una afrenta personal y no la iba a dejar pasar.
¡Otra vez!, rugió el Subcomisario Inspector Jean Merlot, Coronel de la Policía Metropolitana dando un golpe estrepitoso contra su escritorio con el periódico, refiriéndose al hecho que se enteraba de algo que él ya debía haber sido notificado.
Merlot era un policía con una carrera muy larga y una paciencia muy corta, que aunque atado a un escritorio sabía todo lo que sucedía al detalle en 50 kilómetros a la redonda. En sus casi 40 años de servicio, es decir, desde que había ingresado a la Metropolitana, poco antes de que la ciudad fuera ocupada por los alemanes, él había pasado y visto todo lo que podía suceder en la ciudad luz. En el cuerpo, como le decía él a la Metropolitana, había sobrevivido los encuentros entre los hunos y los grupos de la resistencia, a los terroristas argelinos de la guerra colonial, a los contrabandistas de cigarrillos, licores y últimamente, de drogas; a los motines callejeros de los estudiantes universitarios; a las huelgas de los obreros y a las de los comunistas; a los paros de los autobuses, los taxis y el metro que paralizaban a la ciudad; al desenfreno de la juventud, al tráfico humano y al terror de la mafia, pero lo que más rabia le daba era que un periódico de quinta categoría recurriera a informes tergiversados o casi inventados, o totalmente inventados, citando supuestas fuentes policiales de crímenes inexistentes para subir las ventas, porque era eso, precisamente eso, lo que hacía aparecer a la policía como un cuerpo desorientado, flojo o incapaz solo para ellos utilizarlo para su beneficio, y eso no lo podía tolerar. ¡No es posible!, volvió a rugir, agitando ahora el periódico como si quisiera abanicar a toda su oficina, que esta gente pretenda publicar lo que no es a costillas de nosotros, y aseguró que los iba a volver picadillo. Pero haciendo un repentino alto y bajando la voz en su soliloquio como si se hubiera acordado de algo importante, se dijo, que para estar totalmente seguro del trasfondo, él comenzaría por seguir el procedimiento regular que era averiguar si era verdad que la noticia había sido obtenida dentro de la misma policía, y quién se la había dado al periodista, porque él había sido el último en informarse, como si fuera un marido cornudo. Merlot estaba dispuesto a encontrar al culpable, quería la cabeza de alguien, y alguien se la tenía que proporcionar, de quien fuera. Y sabía cómo tenía que hacerlo: empezaría llamando a Marlene.
¡Marlene!, gritó por el intercomunicador como si ella no hubiera oído sus gritos a pesar de la puerta cerrada que los separaba por un par de metros y le ordenó: convoca a una reunión, o mejor dicho, no, llámame a Santorini, que es el menos incompetente que hay aquí, para que me investigue algo.
Sí mi Comisario, digo, mi Subcomisario, él ya está aquí y pasa enseguida.
La competencia de Marlene no es que fuera de origen extrasensorial sino que conocía a Merlot desde que ella también había ingresado algo después que él a la Metropolitana, es decir, hacía casi 40 años. Allí ella había crecido, vivido y sin necesidad de casarse con él, le había seguido fielmente toda su vida aguantándole sus rabias, impertinencias y gritos como si fuera una esposa, pero con el agravante que no lo era. Y lo peor era que él lo sabía. Marlene apuntó con el índice a Santorini y le hizo una señal para que pasara. Y él lo hizo.
Santorini era un detective de mucha trayectoria que había descubierto casos sensacionales pero que nunca había querido aceptar un cargo administrativo. Ni siquiera había querido llegar a Comisario. Siempre quería estar en el montón pero Merlot sabía que era el mejor de toda la Metropolitana. Ellos dos se conocían desde hacía años. Apenas entró, para salvarse de un discurso, Santorini le saludó y le dijo que ya sabía a qué había venido pues había leído la noticia y se pondría a investigarla.
¿Y cómo supiste que era para eso que te mandé llamar?, dijo Merlot un tanto sorprendido mientras encendía uno de sus Gauloises con el que inundó la oficina de un penetrante humo azul que no pudo salir porque la ventana estaba cerrada.
Porque Marlene me dio el periódico y me explicó qué era lo que usted quería.
En realidad Santorini también había oído los gritos porque Marlene lo había mandado a llamar con anterioridad.
Pues si ya sabes lo que tienes que hacer, entonces hazlo, le dijo entre dientes Merlot enseñándole la puerta.
Cuando Santorini pasó por un lado de Marlene lo único que alcanzó oír fue un grito por el intercomunicador que decía ¡Marlene, ven acá!, y Santorini apresuró el paso.
II
Cuando Santorini se fue al centro de información de la Metropolitana le enseñaron las copias de cinco denuncias hechas por cinco mujeres todas en circunstancias diferentes: de edad, de sitio, de día, de operación y de hora, pero con similar descripción del sospechoso que era, un hombre entre 30 y 35 años de edad, alto, algo fornido, blanco y ojos azules, que no se molestó en taparse la cara. Parecía la obra del mismo individuo que repitió en espacio de doce días los ataques, un asaltante solitario de poca monta pero que con seguridad repetiría sus asaltos pues había salido impune, hasta ahora, se dijo Santorini un tanto desilusionado por haber recibido una encomienda para un estudiante de detective. Hablaba en perfecto francés dijeron las víctimas, es decir, era un francés de pura cepa. Les arrebató lo que llevaban encima, dijeron las agraviadas: la cartera y las prendas, y de último, les lanzaba un beso. Era alto, rubio, blanco y de ojos azules, dijeron, o sea nada de argelinos ni italianos o españoles. Luego emprendía veloz carrera seguido por los gritos de sus víctimas que obviamente no lo perseguían. Todos los asaltos ocurrieron en sitios y momentos tan diferentes que escasamente se podía establecer un patrón, pero sí se podía identificar al sospechoso por lo que el siguiente paso de Santorini fue informarse qué estaban haciendo las comisarías locales de la ciudad para atraparlo y se dispuso a llamar a cada una de ellas.
Con esas características solamente, le contestó de mala gana el comisario de un precinto, tendríamos que arrestar a medio París, y no cabrían en nuestras cárceles… a menos que usted nos dé una idea mejor. Los otros también le dieron respuestas similares, por lo que él también les contestaba con mensajes similares: Sí se las doy, le dijo Santorini, que, o hacen su trabajo o Merlot se buscará a alguien más competente que lo haga por usted.
La amenaza de Santorini produjo resultados inmediatos: salieron los gendarmes a rastrear a todos los soplones a sueldo o chantajeados por la policía entre los carteristas más conocidos que estaban fichados y que los hombres de azul sabían que tenían azotados a los transeúntes del metro y de los autobuses, a los turistas en los museos, en la torre Eiffel, la Magdalena, el Sagrado Corazón y la iglesia de Nuestra Señora; en los centros nocturnos de buena y mala reputación, y a los que simplemente vagaban mirando los edificios de la Ciudad Luz tomando fotos. Así, los gendarmes y los pillos, que como seres simbióticos sabían que se necesitaban los unos a los otros para sobrevivir, se empezaron a cruzar información.
Al cabo de unos días la amenaza dio resultado y de una de las comisarías le avisaron que tenían un sospechoso.
Santorini fue a la comisaría y vio al sospechoso a través de un vidrio durante el interrogatorio que le hacían un par de detectives cruzándoles preguntas rápidas para confundirlo a las que el hombre se defendía con sagacidad. No lograron acorralarlo porque no confesó su crimen, por lo que tuvieron que ir a la pasarela, o la presentación ante las víctimas cuando lo pusieron junto con otros cinco hombres parecidos a las descripciones dadas por las víctimas para que lo seleccionaran. Este era un procedimiento muy básico en todas las policías del mundo, y muchas veces resultaba, pero si fallaba, casi siempre salía libre.
Los seis hombres fueron llevados a una habitación y los pararon frente a las víctimas que los veían a través de un vidrio que no les permitía verlas a ellas porque una luz los cegaba, además, de que no podían oír lo que decían. Era una cabina de cristal, como una pecera gigante, donde los sospechosos posaron de frente, luego les dijeron que se voltearan hacia la derecha y luego hacia la izquierda, mientras las mujeres hacían evaluaciones en voz alta entre ellas, y así, escuchándose sus comentarios, concurrentes unas veces y contradictorios en otras, coincidieron en seleccionar a uno de los seis.
En la comisaría le prepararon el alegato ante el juez basándose en las acusaciones de las víctimas, haciendo énfasis en que unánimemente coincidieron en singularizar al truhan. Caso concluido creyó Santorini, y se preparó para llevarle la conclusión a Merlot. Pero tan pronto volvió a su diminuta oficina a preparar su informe, recibió otro informe de otra comisaría que decía que tenían a un sospechoso.
Como esa comisaría quedaba bastante retirada de la primera, Santorini tardó un rato en desplazarse en su viejo Peugeot.
Los gendarmes lo recibieron con el reporte escrito de la descripción del sospechoso que coincidía totalmente con la enviada a todas las comisarías, y el siguiente paso fue ir a ver personalmente al preso mientras lo interrogaban.
Santorini se quedó atónito cuando vio al muchacho pero no podía decir nada para no viciar la investigación. Pero ese silencio casi le costó su sanidad mental porque el sospechoso anterior y éste eran dos gotas de agua: idénticos, desde el tono de la voz hasta los gestos inconscientes de sus gesticulaciones, de sus expresiones faciales, el perfil, el color del pelo, de los ojos, todo, absolutamente todo. Era como ver al otro aquí, se dijo, al presenciar la interrogación que le hacían y de la cual negó todo de una manera absoluta y tajante, y cuando le explicaron que estaba acusado de varios asaltos, él se defendió argumentando que él trabajaba todo el día en una panadería y lo podía probar, por lo que la conclusión fue que tendrían que llamar a las agraviadas que lo habían visto para que lo identificaran. Santorini, trancado como una caja fuerte, no abrió la boca para nada sino se fue a su oficina a pensar qué era lo que estaba pasando porque él ya se podía imaginar lo que dirían las mujeres cuando vieran al acusado.
La reacción fue la absolutamente anticipada por Santorini, quien era el único que sabía lo que podía pasar: las mujeres cuando vieron al individuo se quedaron con la boca abierta y en silencio por un rato hasta que al salir de su asombro unas dijeron que no lo podían creer y otras hasta creyeron que era una broma pesada de los policías. Y los policías no sabían lo que estaba pasando hasta que Santorini salió al paso para explicarles lo que en realidad estaba pasando: había dos sospechosos idénticos, tan idénticos que no se podían distinguir el uno del otro.
Ahora eran los policías los que no podían abrir la boca de su asombro. Todos se rieron excepto Santorini quien ya sabía que el problema se había duplicado exponencialmente.
La racionalidad me indica, se dijo, que no puede ser el mismo porque una persona no puede estar en dos sitios al mismo tiempo, por lo tanto hay otra explicación y esa explicación es que hay otra persona que por coincidencia se parece mucho, tanto que cualquiera los puede confundir, y las mujeres no los confundieron porque no habían visto al segundo, pero ahora que sí lo sabemos y solo puede ser que sean familia, tan iguales como… como… claro, como dos gemelos. ¡Ellos son gemelos!, dijo Santorini abriendo los brazos, esa es la respuesta. Son tan idénticos que nadie sabe si están separados, pero cuando están juntos, se sabe que son gemelos, y aun así, aquellos que los conocen, no sabrían cuál es cuál. Santorini dio un palmazo tan fuerte en la mesa que le quedó doliendo.
Pero de pronto se detuvo a pensar: ¿pero cómo van a saber cuál es cuál si dieron sus historias por separado, cómo se sabe cuál fue el ladrón, o si fueron cada uno por su lado? Ninguno admitió ser el culpable, pero uno o los dos lo son. ¿Cuál, uno o los dos?
En seguida Santorini bajó la cabeza y se preguntó ¿cómo se sale una mosca de la tela de araña? Tiene que haber una forma para saber cómo funciona todo esto, puede ser o no una coincidencia, pues puede haberse planificado, o tal vez no, aunque es difícil pensar que fue una coincidencia y que cada uno lo hizo por su lado. Entonces, ¿estaban confabulados para cometer los delitos y que no pudieran ser probados? Ahora, las agraviadas tendrán que probar que uno es el ladrón y el otro no, o los dos lo son, y la policía tendrá el trabajo de probar que fue uno de ellos, hasta que vean al otro y se pregunten cuál fue en realidad el culpable porque de ellos hay que probar algo más a que se parece al que ellas vieron, pues tienen que escoger a cuál vieron, y cuando los vean juntos, todas las víctimas se van a confundir.
Todo se puede probar, sólo que uno tiene que averiguar cómo, y tengo que averiguarlo, se dijo Santorini con aire de satisfacción, pero a la vez con temor.
III
Si la coartada de cada uno era que no podían probar nada contra uno sin probar que el otro podía ser el culpable, y tendrían que probarlo, y eso era llevar el caso a la posibilidad de condenar a un inocente.
La policía encontró que ellos vivían juntos en los suburbios menos afluentes de París y por consiguiente compartían muchas cosas como la ropa, por lo que las mujeres tendrían que confundirse al describirlos porque, además, hoy todos los jóvenes se visten con el mismo tipo de ropa. No había huellas dactilares ni rastros de nada que fuera un instante de sus caras. Cuando vieron las fotos de ambos, todos en la sala quedaron perplejos. No se sabía cuál había sido, por lo que un abogado concluyó que si bien uno de los dos podía ser culpable, tendrían que probar cuál, porque la justicia no puede basarse en el parecido de dos personas y escoger un culpable prácticamente al azar.
La situación empeoró cuando ambos gemelos no reconocieron su culpabilidad por separado y el mismo juez dijo que en ese caso no se podía saber cuál decía la verdad pues se sabía que había un culpable pero no podían saber cuál, y eso tampoco era aceptable en la corte. Tenía que haber una prueba concluyente y la policía no la tenía contra al menos uno de los dos.
La Policía Metropolitana tuvo que aceptar que no había una acusación fidedigna porque las testigos no se podían poner de acuerdo cuál había sido, y el caso fue sentenciado a favor de los sospechosos los cuales salieron en libertad inmediatamente después del juicio. Al salir del recinto, ambos les tiraron un beso a las testigos y Santorini aceptó su derrota. Esta vez todos los medios de comunicación se burlaron de la policía.
IV
Esta vez cuando Marcel volvió a hablar con los siquiatras que lo interrogaron en el rutinario examen de cada seis meses para evaluar su condición mental en el Sanatorio de París, uno de ellos, un médico nuevo en el grupo de examinadores, hizo notar a sus colegas que él le había hecho las mismas preguntas de los exámenes anteriores y esta vez Marcel le había dado respuestas totalmente diferentes y hasta contradictorias. El siquiatra no tuvo más remedio que revisar los últimos exámenes que le habían hecho y se dio cuenta que en muchos casos le habían hecho las mismas preguntas y él había contestado en varias ocasiones con respuestas diferentes, sin embargo nadie lo había comentado. Marcel se autoimplicaba en situaciones de las cual antes se había exculpado, o al revés, pero lo interesante era que nadie lo hubiera notado. Marcel era un mar de contradicciones y esto ayudaba a que nunca mejorara su condición de maleante y asesino, y por lo tanto seguía recluido en el pabellón más olvidado del siquiátrico.
En el último cuestionario había aceptado haber asesinado a una mujer hacía años que se encontró en un arrabal de la ciudad, excepto que cuando la policía fue a buscar el cadáver no encontró nada donde él decía que la había enterrado. En otra ocasión, se adjudicó el asesinato de otra mujer que vivía sola, del que tampoco se encontró rastro. Pero como Marcel había dado ejemplos exactos acerca de los asesinatos, a pesar de que no encontraban pruebas de su participación, su descripción era tan precisa que le creían sin entrar en detalles y los aceptaban como pruebas de su confesión.
La prensa lo había reseñado como un asesino en serie porque la policía le habían adjudicado varios asesinatos, y su propia confesión lo había llevado al sanatorio porque obviamente era un loco, que en vez de ir a la cárcel, pagaba una sentencia de por vida en un manicomio. Todo el mundo quedó contento porque lo habían retirado de la sociedad.
Todo había sido como una conjunción de hechos que realmente nadie había preparado hasta que se dio la oportunidad de encontrar a un chivo expiatorio que aceptó por declaración propia que él era el asesino. Un hecho cumplido y perfecto porque todo el mundo había salido bien, excepto Marcel, por supuesto, porque él era en realidad inocente, pero la gente, la policía y los medios querían hallar un culpable, y él les había dado la oportunidad de la que todo el mundo se benefició, hasta el asesino o asesinos, que quedaron libres.
El siquiatra le comentó el caso a un abogado que revisaba algunos casos que se presentaban a solicitud de los familiares, pero en este caso y fuera de la rutina, lo presentó el médico al presentar las pruebas de que no había evidencia de que él hubiera cometido esos crímenes por los cuales estaba allí. El caso recibió notoriedad en la prensa sensacionalista y ésta llegó a las manos de Merlot, quien después de reventar el periódico contra su escritorio y gritarle a Marlene por el intercomunicador que llamara a Santorini para que lo investigara, el detective Santorini salió con destino al manicomio a buscar al siquiatra de Marcel, sin apellido, o sea, sin identidad, para rescatarlo de las manos de la injusticia.
El médico le enseñó a Santorini un cerro de documentos de años de exámenes a Marcel, un hombre joven que demostraba con facilidad su ausencia de la sociedad y de la realidad. Le explicó también cómo se había dado cuenta de las contradicciones y le solicitó a Santorini que revisara los expedientes policiales de los asesinatos para ver qué había de realidad en ellos y de conexión con Marcel. Santorini prometió volver con los resultados lo más pronto posible, y así lo hizo.
Al regresar le confesó que no había nada, pues todo había sido un rosario de fabricaciones, o sea que todo fue un gran teatro para encontrar una solución a un problema, que como no había asesino, o asesinos, había que encontrar uno y al único que encontraron fue a Marcel. Él fue usado y ha estado pagando los platos rotos, y los había roto otro, solo que la policía fue cómplice para meterlo en esta cárcel y deshacerse de la mala publicidad.
Sí, le confirmó el siquiatra, eso fue lo que pasó. Menos mal que la prensa olvida pronto, pero Marcel sigue preso aquí.
El doctor le contó la historia de Marcel: era un muchacho que creció en un ambiente del arrabal, por lo que tuvo que tomar la calle desde muy niño con sus hermanos para poder comer. Obviamente tuvo que pasar todo tipo de penalidades físicas y mentales hasta que cayó en el mundo de la droga que aunado a su situación mental ya deteriorada, lo llevaron, primero a correccionales juveniles y luego a cárceles donde terminó en ese mundo sórdido que le permitió aprender todo lo que no sabía. En su ya torcida mente aprendió también a inculparse de todo lo que le acusaran porque se sentía culpable de lo que él era, y lo pasaron de cárcel en cárcel hasta que finalmente llegó al manicomio.
De tantos mundos que fueron todos infiernos, primero en la calle, luego en el reformatorio y finalmente en la cárcel, se le torcía cada vez más el temperamento y posiblemente llegó a convertirse en asesino, pero de eso no hay pruebas porque en sus declaraciones él confunde a la realidad con la irrealidad. Así, si lee algo, hace suya esa situación porque está acostumbrado a que lo culpen, y a la vez está acostumbrado a aceptar para que lo dejen en paz, y como tiende a inculparse, lo hace si lo empujan aunque sea un poquito en un interrogatorio. Y eso es lo que tenemos aquí. Un individuo que acepta para que lo dejen en paz. Ahora está en paz porque siente que está pagando su condena, y a veces hasta creo que está bien aquí porque él ya no podría vivir en la calle.
Y continuó el médico: en el sanatorio lo pusieron peor porque le dieron medicamentos que lo ponían más loco y lo hacían alucinar más, y de allí sus confesiones, cayendo en un círculo vicioso donde cada vez que empeoraba le daban más medicaciones y entonces confesaba más, y mientras más confesaba, más medicaciones le daban, y el resultado, fue cuando la policía encontró una fórmula para salir de él: le adjudicaron las pruebas que tenía la policía y él las aceptó porque las tenía en su mente como suyas, o sea que él fue el arquitecto, y la policía los ingenieros, y el resultado se puede ver a simple vista.
¿Vamos a verlo ahora, a su celda?, preguntó Santorini al médico.
Santorini acompañó al siquiatra al interior del edificio. Atravesaron corredores y puertas, zonas cada vez más aterradoras y oscuras entre gritos, malos olores y cuadros desgarradores, hasta que llegaron a la celda. Allí está, le dijo el médico, y Santorini se asomó por la ventanilla por donde apenas cabía la mitad de la cara.
¡Santo Dios!, exclamó Santorini cuando lo vio. ¡No puede ser, otro más! Y se volteó hacia el médico con la expresión como si hubiera visto a un espanto. Es idéntico a sus hermanos, porque sólo pueden ser hermanos. Entonces fueron tres los mellizos.
Ya veo que el robo es una patología familiar. Aquellos roban a mujeres, y éste roba crímenes, solo que el único inocente es el que está preso.
El médico, al principio no sabía de qué estaba hablando Santorini hasta que le relató el cuento de los gemelos. Mientras se regresaba a su oficina, Santorini iba pensando en el reporte que le tendría que pasar a Merlot.
FIN

Luis Salomón Barrios
Escritor
Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.

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