Homenaje al Ecuador
Cuando Ana María llegó a Ecuador después de haberse pasado una temporada paseando por Estados Unidos y Venezuela, nadie la estaba esperando en el aeropuerto. Tampoco ella esperaba que nadie conocido estuviera allí porque no le había avisado a nadie que vendría porque, la verdad sea dicha, no tenía a quién avisar. Se había ido sin despedirse, y aunque regresó sabiendo que nadie le daría la bienvenida, se le encendió el corazón al ver desde el aire a su querida tierra, a su querido Quito, la ciudad Luz de América, elevada, de eterno clima primaveral, callada, tal vez un tanto anticuada si se la comparaba con Caracas, porque era como una matrona antigua a la que el tiempo le había pasado pero con dignidad, y como decía ella misma, porque era como el vino: mientras más viejo, más sabroso. La había visto esa mañana con la luz del sol ecuatorial, amarilla, que encendía los colores de los techos rojos de las tejas, de las angostas avenidas, de las calles empinadas, pero sobre todo de la majestuosidad del gran Guagua Pichincha, siempre mirando a de la ciudad, tal vez amenazante, tal vez un eterno mensajero de las advertencias de las vicisitudes telúricas que se presentan sin avisar, como las malas noticias, y la silueta sinuosa y plateada del Guayllabamba, y hasta le pareció ver en la distancia el reflejo de la nieve del Cotopaxi, cuando empezó a bajar en la recta final al aeropuerto enclavado en la ciudad, y vio a Quito como nunca antes la había visto, sus casas y sus montañas, esas montañas que ella tanto amaba porque la encerraban y la obligaban a mirar hacia arriba, hacia el cielo. Pasó por la aduana y ni le preguntaron qué traía porque solo traía una maleta llena de ropa porque no tenía a quién traerle nada. Me llevo solo los recuerdos y los llevo en el corazón, les había dicho a sus primas antes de salir, sabiendo que no volverían a verse en esta vida, a dos viejas solteronas que vivían en El Tocuyo, muy adentro en el occidente venezolano a donde se llegaba por una tortuosa, angosta e interminable carretera, un pueblo caliente y que no dejaba de parecerse al Quito colonial, porque la mayoría de las casas eran de un solo piso con techos de tejas, las calles angostas y con edificios de no más de tres o cuatro pisos, un par de bancos y unas enormes iglesias de los tiempos coloniales, pero casi desnudas, nunca tan bellas como las quiteñas, majestuosas, ornamentadas, como monumentos, como catedrales, aunque eso sí no se lo dijo a las primas cuando le preguntaron cómo era Quito, porque las habría ofendido. El Tocuyo también era una joya colonial, pero una joya de pobre. Les había llevado regalos a las primas, pero no se había traído nada, a excepción de un par de fotos de su mamá, la tía de las primas, en que estaba retratada con la madre de ellas, su tía Concepción, antes de casarse. Unas fotos amarillentas que tenían en un álbum del que arrancaron con todo el dolor de su alma, pero como no tuvieron quien les tomara una foto a ellas tres, decidieron regalarle el par de fotos que ya ellas estaban cansadas de mirar. No se veían desde que estaban jóvenes cuando estuvieron internas por varios años en un colegio de monjas en Valencia, y al terminar la secundaria, luego que regresaron a El Tocuyo, Ana María tuvo la desgracia de enamorarse de un hombre que no solamente resultó ser casado sino que le dejó un hijo que por razones sociales y religiosas, ni podía abortar ni podía tener en esa ciudad, o como le dijo su padre, que ya no se podía quedar en ese país porque sería desdichada para el resto de sus días, por lo que tuvo que arreglarle para que se fuera, y con todo el dolor de su alma tuvo que emigrar hacia Ecuador, el país de procedencia de una amiga del colegio de Valencia que le recomendó que se fuera hasta allá porque no solamente no la conocía nadie sino que podría inventar alguna historia para resolver la situación de su embarazo, como que era viuda, o divorciada, o cualquier cosa parecida. Su padre le dio dinero suficiente para que se fuera, su madre lloró hasta que más no pudo y ella también, al igual que sus primas, y con dos maletas y una barriga muy poco visible, se montó en el vuelo de Panagra que salió en la ruta Caracas-Bogotá-Quito para que comenzara una nueva vida.
Cuando llegó a Quito, su amiga la estaba esperando en el aeropuerto y la llevó hasta su casa. Ya había preparado a la familia con el cuento que Ana María, a pesar de lo joven que era, había quedado viuda porque su esposo había perecido en un accidente aéreo porque era piloto, de modo que no era prudente preguntarle mucho por su cortísima vida matrimonial. Su padre la había provisto de un certificado de matrimonio falsificado y con unas fotos de quién sabe quién, un hombre solo, con una dedicatoria que decía “para mi adorada esposa, de John”, y con la promesa de que si necesitaba dinero, él le mandaría más. Tú sabes la dirección, le dijo, solo tienes que escribir, pero creo que la vida te será más fácil allá que aquí, para ti y para todos nosotros. Que te vaya bien. Ese telegráfico saludo fue la despedida. Ella solamente le pidió la bendición, le dio la espalda y caminó hacia el avión.
La vida en Quito comenzó con el pie derecho pues su amiga le ofreció una habitación gratis en su casa, por un tiempo razonable, y al siguiente día la llevó a sacarse la cédula de identidad que obtuvo fraudulentamente por la intervención del padre de la amiga que conocía al director de la oficina de Identificación. Cuando salió del edificio y miró el pequeño documento pudo percatarse con toda la claridad del día, que le habían escrito mal el nombre: le habían cambiado Jiménez por Giménez, tal vez un error involuntario de la secretaria que lo oyó así, pero concluyó que era mejor no cambiarlo para no levantar averiguaciones inconvenientes y concluyó que si bien iba a comenzar una nueva vida, tal vez era mejor comenzarla con un nuevo nombre, así lo dejó, y pasó a ser, Ana María Giménez.
Su amiga, también con conexiones sociales, le ayudó a conseguir trabajo en una agencia bancaria nueva que se había abierto en el centro de la ciudad. Cuando llenó la planilla de empleo lo hizo con su nueva identidad, y aunque se sintió rara y un tanto desubicada, tuvo la sensación que era como una mariposa que recién salía de su capullo, dejando atrás a un cascarón vacío al cual nunca más regresaría, pero se equivocó.
Ana María era una muchacha bonita, alta, esbelta, y pelo negro hasta los hombros. Aunque sin una educación avanzada, tenía buena dicción, escritura y aplomo para hablar. En el banco llamó la atención tal vez porque era distinta y se convirtió en el centro de atracción, entre el chisme envidioso de las empleadas y la admiración natural de los empleados, porque suponían que era una quiteña que había residido mucho tiempo en el exterior, lo que le daba un aire de sofisticación sobre muchas compañeras en el banco que nunca había salido de la capital, y en la capital, de su barrio. Entonces, como una diva, se quitó el segundo nombre y se lanzó como Ana Giménez, una mujer que había regresado a su patria después de recorrer muchos países por mucho tiempo, hasta que empezó a dar sus señales de maternidad y tuvo que arreglar su cuento para que calzara con la muerte prematura de su marido, un ex piloto norteamericano de combate a quien había conocido en Panamá y que trabajaba para una línea aérea en el Caribe. Qué importaba una mentira más, se dijo, y así evitó que las chismosas del banco levantaran la calumnia de que era una madre soltera.
Unos meses después se le presentó un golpe de fortuna cuando la escogieron para uno de los cargos de la secretaría ejecutiva de la presidencia del banco, cargo que implicaba no solamente un aumento de sustancial de salario sino de trabajo y responsabilidades. Ella lo aceptó, se mudó sola y se preparó para el gran cambio de vivir con el hijo que vendría. Así, cuando tuvo que pedir permiso para ir a dar a luz al niño al que le puso el nombre de su padre en perenne ausencia: John Henry, nadie dijo nada. Solo las amigas del círculo bancario le enviaron unos regalos para el bebé que encargó a una mujer recomendada para que se encargara totalmente de él.
Pronto aprendió a arreglárselas con el hijo y la sirvienta que dejaba a su cuidado mientras ella se iba al banco. Allí siguió trabajando hasta que pocos meses después, en un giro de suerte, ocupó el cargo de secretaria personal del presidente del banco porque la secretaria de confianza de éste, se casó y se fue, dejándole la vacante. El cargo era totalmente distinto al que tenía antes porque le permitía estar a un nivel muy por encima de las otras secretarias, poniéndole, no solamente a su disposición todos los documentos y chismes económicos de la ciudad, y tal vez del país, sino además de la oportunidad de conocer innumerables personalidades de esas esferas que llegaban a hablar con el presidente, pero que antes tenían que pasar por su oficina y aprobación, pues ella tenía las llaves del reino, como le decía ella a la agenda de trabajo de su jefe: de quién entraba y cuándo a esa oficina; de quién lo llamaba y a quién llamaba él por teléfono; para dónde iba y con quién y hasta qué horas, y las llamadas de las citas furtivas y los regalos secretos que hacía a sus no tan discretas amigas. En una palabra, a los pocos meses lo llegó a conocer más que su abogado y su médico de cabecera pues le ordenaba la vida, tanto dentro como fuera de la institución, aunque esa dedicación le costaba como entre ocho y hasta diez horas diarias, y tal vez más, es decir, porque estaba más pendiente de él que la propia esposa, que vivía quién sabe dónde y haciendo qué, porque jamás pasaba por el banco, excepto en ciertas ocasiones, como las fiestas de fin de año.
Los años comenzaron a pasar y al conocimiento de todo el personal del banco le empezó a rondar la sospecha que tal vez Ana tenía una relación especial con su jefe, y ésta surgía porque del pequeño apartamento donde ella había residido por varios años con su hijo, pasó a vivir en uno en la avenida República de El Salvador, una de las mejores zonas de la ciudad. La obvia conclusión para el personal bancario fue que se lo había comprado él, ya que era imposible que lo hubiera adquirido ella con los míseros sueldos que pagaba el banco. Pero todavía faltaba una prueba contundente y ésta sucedió cuando todos vieron la foto de la pareja retratada en un restaurante de Buenos Aires cuando tanto él como ella habían dicho que habían salido de viaje, con rumbos diferentes. Esa vez, él se había ido a una reunión de negocios en Lima, y ella, a un viaje de vacaciones por el sur, hacia Chile, pero la foto en la que ellos salieron en un periódico, era en la parte posterior y lejana de una mesa lateral en una conocida boite bonaerense en ocasión de un evento que se celebraba allí.
Pero aunque nadie dijo nada en voz alta en el banco, en la casa de don Isidoro Palma y Cuenca, un hombre que le duplicaba fácilmente la edad a Ana Giménez, accionista principal de la industria eléctrica, de cementos y otras tantas empresas, y presidente de uno de los principales bancos del país, sí. Por supuesto que el informe había llegado con foto y añadiduras gracias al servicio de espionaje que doña Eloísa, su esposa, una encopetada dama de la rancia alcurnia quiteña, hermana del Ministro de Hacienda, y cuñada del Presidente de la República, mantenía con la ayuda de todas las secretarias de varias oficinas por donde se cruzaba su esposo, tanto dentro como fuera del país. No había duda, le confirmaron a doña Eloísa las informantes, que la había engañado vilmente con la secretaria que venía acumulando una serie de sospechas desde hacía varios años y que a pesar de que ya ella sabia, había callado con la vana esperanza que su esposo reflexionara, se diera cuenta que tenía una familia, un nombre y una fortuna que proteger, y aceptara que era tiempo de dejar esa aventura, así como había dejado otras tantas, y regresara al redil familiar, al menos para guardar las apariencias de las cuales, hasta el Arzobispo sabía y le había preguntado por qué su esposo no había vuelto más a misa aunque le mandara las limosnas y las contribuciones especiales sin falta, pero por correo.
Pero doña Eloísa no era que había volteado la cara ante la captura de su marido “in flagrante delicto”, sino que no le había sido posible encontrar una estrategia propicia para atacar porque la pelea era desigual: los encantos de Ana se anteponían a los años de doña Eloísa que buscó, desde refugio espiritual con los monjes del claustro de los Capuchinos, que le recomendaron enfrentar el tormento con dignidad en la frente y el rosario en la mano, hasta la consulta con un siquiatra amigo suyo que le mandó toda suerte de pastillas para que durmiera toda la noche, no se le subiera la presión arterial y aceptara su situación estoicamente, como lo hacían las damas romanas ante las vicisitudes de la vida, es decir, de los demasiados años de vida conyugal aparente pero no real. Pero luego que estos dos remedios no funcionaron, doña Eloísa no tuvo otra salida que preguntarle a su cocinera, una india de la sierra que había trabajado en su casa desde antes de que ella se casara y ésta le dijo, después que le recordó que se lo había advertido pero no había querido oírla, que lo más peligroso del mundo era un marido viejo pero con dinero, porque mientras más viejo se ponía, menos dormía en la casa, y que el remedio era irse a donde Filomeno, un indio que tenía su consulta en la costa, en las afueras de Guayaquil, que curaba todos los males del mundo, menos la edad. No te va a poner joven, pero te lo va a dejar de rodillas a tus pies, le aseguró. Entonces doña Eloísa hizo la maleta para ir casa de Filomeno a salvar su matrimonio ese mismo día.
Filomeno era un indio de la Amazonía, pequeño, oscuro, achinado, gordo, descalzo y siempre sin camisa, con la cara pintada con unas rayas blancas, el pelo liso, negro, brillante, grueso y abundante, con un par de plumas de loro encajadas en él, y los rollizos dedos llenos de anillos burdos de oro. Luego que hizo la cola por varias horas en un calor insoportable y rodeada de toda clase de gente maloliente, la mandó a sentar en una silla que parecía que no iba a aguantar el peso de su abultada cliente, pero sí lo aguantó. La consulta duró menos de diez minutos a lo que Filomeno le dijo que era un caso común y fácil, y le entregó una poción indicándole que se la fuera administrando poco a poco, en el café de la mañana, hasta que se acabara el frasco, y que se olvidara del problema porque su esposo iba a dejar a la mujer para siempre. Solo le cobró diez sucres, con todo y medicina, y la señora regresó feliz a Quito.
Lo que doña Eloísa no calculó bien fue cómo iba a hacer para que su esposo regresara a dormir en la casa, porque tenía meses que no lo hacía, y él solamente tomaba café por la mañana al desayunarse. Allí fue cuando se volvió a asesorar con su india que le dijo que lo que tenía que hacer era sacar temporalmente a su rival de la ciudad y mandarla sola a un viaje, por varios días, cosa de hacerle el tratamiento a su descarriado marido en la casa.
La estrategia de doña Eloísa fue simple: un día se apareció en la oficina de su marido, sabiendo que él no estaría allá, lo que le daría la oportunidad de hablar a solas con Ana María, quien nunca se imaginó qué sería. La señora, sin inmutarse y con cara sonriente le dijo que había venido a darle un regalo por lo bien que ella trataba a su marido, sin mencionar para nada la situación que éste tenía meses que éste no dormía en su casa, es más, que ni lo veía, y con la misma, a manera de regalo, le entregó un sobre contentivo de una orden para que escogiera un pasaje aéreo a donde ella quisiera ir y un mil dólares en efectivo, para que no le faltara nada en el viaje, según sus exactas palabras, y con la misma, dio media vuelta y se fue.
No sería exageración decir que Ana María se quedó muda porque ella creyó que la señora venía a cualquier otra cosa, menos esa. Pero no había sido así. No podía creer el regalo recibido y menos de quien había venido y de inmediato se dispuso a salir de viaje.
Esa misma tarde preparó un viaje a Miami, en el que volaría vía Bogotá, aprovechando los recientes aviones a reacción que estaba operando Pan American, y luego de pasar varios días en el norte derrochando en las tiendas el tesoro que tenía en las manos y que le había caído del cielo, volvería vía Caracas, con la intención de visitar a sus primas en Venezuela, de donde había salido hacía ya varias décadas. Y con la autorización de su jefe, salió de viaje según el plan que se trazó en un par de minutos en la misma oficina de la secretaría del presidente del banco.
Todo salió según lo planeado. Ana María se quedó en Miami una semana revolviendo todos los lugares donde podía encontrar ropa y reunió tres maletas que apenas podía levantar un hombre para concluir su periplo, y de allí, siguió a Venezuela para completar la penúltima parada de su viaje.
Cuando llegó a El Tocuyo, el taxi la llevó hasta la casa de las primas según la dirección que tenía anotada en un viejo sobre que ellas le habían enviado hacía tantas décadas como las que ella tenía afuera. Tocó el portón, y apareció una mujer sesentona, canosa, arrastrando los pies que se identificó como Clara, la dueña de la casa. Era Clara, o Clarita, como le decía Ana María, a su prima que era un tanto mayor que ella. Y por supuesto, no se reconocieron hasta que Ana se identificó.
Clara casi se cayó de espaldas si no fue porque Ana la agarró por la muñeca de su mano derecha y la haló hacia ella para darle un abrazo y un beso bañado de lágrimas de las dos. Se quedaron mudas. Se miraron de arriba abajo, moviendo las cabezas de los lados, incrédulas, absortas en lo que parecía un diálogo de mudos que se hablan con señas, hasta que Clara solo pudo dar un grito diciendo ¡Señor, Señor, un milagro!, a lo que su hermana Aleida llegó corriendo y se enteró de quién era la visitante y no tuvo más remedio que caer de rodillas llorando diciendo que sí era un milagro que Ana María, la prima que se había ido hacía más de treinta años se hubiera aparecido de repente en el zaguán de ese caserón que tenía más años que todas ellas puestas juntas.
Se veían y se tocaban para cerciorarse que era verdad que estaban allí, que existían, que no era un sueño ni una pesadilla, que se había cumplido lo solicitado a la Virgen de la Concepción a fuerza de rosarios y misas por ambas, sus grandes devotas, y concluyeron que tendrían que ir a una misa de acción de gracias porque Ana María había regresado a su pueblo, tal como les había dicho el día antes de irse a Ecuador. Las viejas se encargaron de llamar a todos los primos que residían en la ciudad, jóvenes, niños, y hasta viejos y ancianos, a quienes Ana María les repartió regalos como si fuera una Navidad. Ese domingo, una enorme procesión de primos se fue hasta la iglesia y el cura dijo que la visita de Ana María era como una resurrección.
Cuando Ana María llegó al banco, se enteró que don Isidro, había muerto a los pocos días de ella haber salido hacia Miami. Le detallaron sus compañeras de trabajo en el banco, que don Isidoro murió en su casa a consecuencia de haberse suicidado, y que la noticia la podía leer en los diarios que ellas le habían guardado, por razones obvias.
El relato periodístico decía que el parte policial indicaba que todo había sido un suicidio, conclusión obvia cuando se encontró un frasquito de veneno en su mano, aunque no se había encontrado ninguna explicación en alguna nota ni por parte de las personas que fueron entrevistadas, tanto de la familia como los amigos y los compañeros de trabajo, que indicaran que hubiera existido alguna razón de tipo económico para que éste tomara la trágica determinación pues su situación financiera era excelente. El suicida, sencillamente puso en su café una dosis de curare lo suficiente para matar a un caballo, dijo el examen forense, lo que le propinó una muerte instantánea ante la atónita mirada de su esposa y la mujer de servicio, que estaban presentes durante el desayuno. Según su esposa, había caído muerto a sus pies sin decir una palabra.
Las relatoras del chisme le detallaron a Ana María que la esposa de don Isidro había quedado devastada, más que por el incidente de la muerte de su esposo, al conocer que su exmarido había dejado casi la totalidad de su fortuna a obras de caridad, y que a la viuda solamente le había quedado una pensión decente para vivir el resto de sus días. Nadie disputó la conclusión policial.
Ana María Giménez presentó su renuncia al banco ese mismo día y solo volvió al apartamento para recoger algunas cosas y ponerlo en venta. Cuando tenía todo listo para el viaje, llamó a su hijo en Miami y le dijo que ella se regresaría allá a vivir con él, donde éste se había residenciado desde hacía muchos años cuando su madre lo mandó a estudiar ingeniería a ese país, financiándolo con un premio muy abultado de lotería que ella se había sacado en la Navidad. Con ese premio ella había cambiado de vida, se había comprado el apartamento y financiado la educación de John en una buena universidad.
Cuando se vieron en el aeropuerto de Miami, el hijo le preguntó a la madre que le explicara qué había pasado para que ella abandonara el puesto en el banco en una forma bastante intempestiva, y ésta le explicó que luego de la muerte de don Isidro, el nuevo presidente ya había escogido a otra secretaria ejecutiva y ésta le había dicho muy claramente que por instrucciones de doña Eloísa, no le darían más trabajo en esa empresa ni en ninguna otra donde ella tuviera acciones, y que lo mejor que podía hacer era desaparecerse de esa ciudad.
¿Por qué, mamá, qué tenías tú que ver con ese señor?, fue la pregunta obvia y tal vez imprudente.
Nada…no sé. Quiero decir que cuando su esposa me obsequió el regalo, tal vez ella quiso alejarme de allí pero no sé por qué… a no ser porque ella creía que yo le ocultaba algo, pero ella nunca me preguntó nada porque yo ni siquiera la conocía. Más aún, diría yo, que ella y su sirvienta fueron testigos de la muerte de ese señor, y no había más opción que creerles a su única versión. Tal vez no se suicidó. No me imagino que él se quisiera suicidar, lleno de vida y de dinero…es difícil creer que alguien así quisiera morirse de una forma tan poco común, tan rápida, sin dejar una pista… tal vez por eso ella no quería que me quedara cerca de allí, para que no fuera a levantar un polvero cuestionando la muerte de don Isidro, un hombre que no hacía sino trabajar. Bueno…, dijo Ana María con resignación, de todos modos nadie me hubiera creído nada, además de ser algo tarde para…hablar.
Siguieron caminando en los salones del aeropuerto. Ana volvió a hablar: Tal vez me quede aquí un tiempo, tal vez regrese a El Tocuyo. Lo único que puedo decirte es que en toda mi vida solamente una vez me habló esa señora y fue para regalarme el pasaje y el dinero del cual ya tú sabías. De ahí en adelante, lo único que te puedo decir es recordarme lo que ella me dijo, y que no entendí muy bien ese día en el banco cuando me entregó el sobre, que aprovechara para buscarme otra vida, lejos de allí, ya que su esposo más nunca se apartaría de ella porque ya había encontrado el remedio adecuado para él.
¿Y qué vas a hacer, mamá?
Hay tiempo para pensarlo, pero creo que lo mejor será resucitar a Ana María Jiménez, porque la otra, se quedó en Quito.
El hijo no entendió, pero siguió caminando con ella hacia la puerta.
FIN
Foto por Patricio Sánchez de Pixabay

Luis Salomón Barrios
Escritor
Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.

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