¡Clic! La gran pantalla se encendió en todos sus colores iluminando más aún la habitación donde estaban sentados los esposos Dayer. El señor Dayer acababa de oprimir en el control maestro su código de identificación y entrada al Sistema de Educación Revolucionario, y de inmediato apareció la figura amable de una señora de mediana edad sentada en una esquina sobre un taburete y con una larga varita en la mano que le daba toda la apariencia de una maestra benevolente. Buenos días, dijo la señora. ¿Cómo están los esposos Dayer en esta bella mañana de invierno?, a lo que los esposos respondieron afirmativamente y concluyeron con el lema oficial que decía que estaban dispuestos a cooperar con el programa del Sistema de Educación Revolucionario para mejorar al país: Educación es Progreso. ¡Gracias!, contestó la señora quien se había identificado como la instructora Ana, que era la asignada al sector donde la familia residía.
¿Cómo amanecieron los niños? Continuó la señora Ana, preguntándoles a los señores Dayer, ¿ya están listos para levantarse? Apuesto que la señora Dayer les preparará pronto su desayuno proteínico número D-206 correspondiente al lunes de esta semana, y que los tendrá listos para su clase de las ocho de la mañana, la cual comienza para Edward con geografía elemental del quinto grado, cubriendo hoy el capítulo ocho, sobre los grandes ríos del continente americano, hasta las nueve de la mañana; y para Jennie, con matemáticas de segundo grado, la cual cubrirá la parte de las medidas del sistema métrico, hasta las nueve de la mañana, y que serán dictadas en sus respectivas habitaciones por los canales asignados para tal fin. En cuanto a ustedes, señores Dayer, continuó amablemente la señora a quien el acercamiento de la cámara a su cara le hizo dar la impresión que miraba a la inamovible pareja directamente a sus caras, pasaremos a hacer una rápida revisión de las tareas que les corresponden a cada uno, dentro y fuera de la casa, cuando usted vaya al trabajo, dijo apuntando al señor Dayer, y cuando regrese del trabajo esta tarde a las cinco, y para la señora hablaré más tarde. Recuerden, dijo moviendo la mano izquierda, que tienen que estar listos para la hora de trabajo intelectual a las cinco de la tarde, y de trabajo espiritual entre cinco y cuarto y cinco y media de la tarde. Luego tendrán una pausa de dos horas para cenar y arreglar sus detalles personales, y entre ocho y once de la noche para ver televisión donde habrá muchos programas bellos, mientras que los niños se irán a la cama a las ocho de la noche porque ellos tienen que acostarse temprano para levantarse temprano ¿verdad? Si están de acuerdo con este horario para el día de hoy, por favor pulsen la tecla de afirmación y procedamos a nuestro trabajo matutino, antes de que los niños se levanten.
El Sistema de Educación Revolucionario, o el SER, como simplemente le decía todo el mundo, tenía como objetivo educar al público a través de un programa de televisión que llegaba a cada casa del país desde infinitos sitios que a nadie le interesaban dónde estaban, sino que simplemente sabían que existían. El SER, a su vez, dependía del Sistema de Seguridad Revolucionario, que era el superorganismo encargado de garantizar el orden, un término absolutamente amplio para cubrir todo lo que el Gobierno quería que se hiciera según lo que el Gobierno decidiera y aprobara a través del Sistema de Información Nacional. Tampoco se sabía exactamente qué era, pues incluía a la parte de la seguridad pública, como eran, desde los agentes de la policía que la gente veía parados en las esquinas simplemente vigilando, o a los que dirigían el tránsito, o los carros patrulleros cuando iban en vertiginosas carreras, aullando con sirenas y con luces rojas intermitentes que parpadeaban para que los otros autos se apartaran, y que podían ir a detener a unos delincuentes, a atrapar a unos ladrones, o a poner orden en una calle, pero había que cederles el paso sin cuestionarlos porque iban a contribuir con la seguridad ciudadana. También estaban en los aeropuertos y en los puertos de embarque, revisando a los viajeros a quienes les verificaban sus documentos de identidad y le revisaban sus maletas, garantizando la seguridad, hasta lo que hacían otros grupos como los médicos que se encargaban de trabajar en los hospitales y los centros de salud; los que manejaban la energía, o sea lo referente a los combustibles líquidos y la electricidad; a los alimentos, desde su producción, transporte y venta, y los bomberos, que tenían que ver con la seguridad en casos de incendio y catástrofes. Todo era una cuestión de cómo definir e interpretar lo que era orden, y por consiguiente, la estabilidad y la armonía.
Pero la educación tenia un lugar especial porque era la columna vertebral del orden, pues con ella se instruía, y esto quería decir que tenía tres funciones: la primera función, instruir a la gente en sus labores ciudadanas para que hubiera armonía en todas partes, en la casa, en el vecindario, en la escuela, en los lugares de trabajo y en los de recreo, y para ello requería de la televisión que era el medio para llevar el mensaje en dos sentidos, a los sitios de recepción y desde éstos al SER. Así, el sistema educativo hacía por televisión lo que antes hacían las escuelas, y que ahora se llevaba directamente a las casas donde todos tenían que participar todo el tiempo pues el Gobierno decía que la educación no debía acabarse nunca para nadie. Los niños estudiaban desde la casa y los mayores tenían que seguirse educando, en la casa y en el trabajo, y desde sus trabajos estar también atentos. Esta modalidad había logrado muchos cambios positivos pues permitía a los estudiante no salir de la casa, ahorrándose el país el problema del transporte escolar que irremediablemente contribuía al aumento del tránsito y al consumo de combustible, de la serie de edificios escolares que ahora se habían convertido en residencias familiares, aumentando la disponibilidad de locales para viviendas, depósitos y fábricas; reduciendo la cantidad de profesores y maestros, lo que hacía que esa fuerza laboral de fuera a trabajar en otras áreas más necesitadas de mano de obra, y la centralización del programa escolar que unificaba toda la parte académica en un solo objetivo: la igualación del método de enseñanza, del sistema de aprendizaje y su evaluación, así como la preparación de los estudiantes que se educaban de acuerdo a los requerimientos sociales y económicos del país. Todo esto traía una reducción en los gastos gubernamentales y que al aumentarse la efectividad, se conseguía, no solo mayor productividad en el sistema de enseñanza, sino que el producto, o sea el graduado, saliera con un trabajo seguro para que se incorporara de inmediato a una unidad de producción, como se llamaba a la fábrica, o al almacén, a los organismos de orden, o a la granja, o a los servicios de atención al público de acuerdo a lo que hubiera estudiado y se hubiera preparado. La pérdida, o sea, aquellos que no habían seguido el plan de estudios por alguna razón, eran separados e investigados para ser reincorporados a través de otros sistemas de preparación más adecuados a su capacidad física e intelectual. Muchos de ellos terminaban en los servicios del orden, o en trabajos exclusivamente manuales, pero en niveles muy inferiores
La segunda función era para alertar a la población sobre situaciones potencial o realmente peligrosas como conmociones públicas o desastres naturales, o cómo colaborar con las autoridades encargadas de solucionar problemas públicos. Y la tercera función, para ayudar a incrementar la felicidad personal al integrar plenamente la persona al sistema. En todo eso consistía el orden del país.
El señor y la señora Dayer se sentaron cómodamente en su sofá y se dispusieron a escuchar a la señora Ana quien les leyó una serie de instrucciones y luego les hizo una serie de preguntas para ver si habían comprendido la explicación. Ella les había mostrado con su varita las figuras y leído una serie de normas de comportamiento cívico para que trataran bien a sus vecinos, colaborando con la sección de la ciudad donde vivían, manteniendo el orden, la limpieza y la colaboración públicas, indicándole a cualquier vecino olvidadizo lo que debía hacer, o ayudándole si no lo podía hacer. Era un deber ciudadano, les dijo, colaborar con quien no pudiera hacer su tarea, pero también era un deber ciudadano indicarle cómo debía educarse, buscándole la información de lo que debía estudiar, a través del SER, por supuesto.
La señora Ana también les dio una serie de informaciones sobre el estado del tiempo, diciéndole a la señora Dayer cuán afortunada era poder hacer sus labores de compilación de listados de las fábricas de ropa desde su casa, pues mucha gente que no se había podido comprar una computadora, o que no la sabían manejar correctamente, tenían que irse hasta su lugar de trabajo, es decir, enfrentarse a las inclemencias del tiempo como las que habría ese día cuando la temperatura estaría cercana a cero grado centígrado, pero usted estará en su casa, le dijo apuntándola con la varita, y como lo ha demostrado siempre, cumpliendo con su trabajo, el cual será revisado por el encargado de la unidad donde usted está asignada. La señora Ana interpretó las respuestas que los esposos Dayer le habían contestado electrónicamente y les felicitó por su diligencia. Luego se despidió y les dijo señalándolos con el dedo como una diligente maestra, que siendo ya la hora de levantar a los niños, su deber era ahora prepararlos para sus labores estudiantiles con un generoso desayuno. ¿Hay alguna pregunta?, fue la última comunicación que hizo la señora Ana. Los esposos respondieron negativamente y el señor Dayer apagó el monitor.
¡Clic!
Las tareas del desayuno se desarrollaron con la rutina de costumbre y pronto el señor Dayer se preparó para salir a su trabajo de supervisor en una unidad de construcción de cocinas en la zona industrial hasta donde se iría en metro. Un recorrido de unos treinta minutos lo llevaría con toda puntualidad a un centro de distribución de trenes y de allí tomaría otro que lo dejaría prácticamente frente al edificio de su unidad. Su hora de entrada era a las ocho de la mañana, y allí llegó faltando doce minutos, como todos los días. Se llegó hasta la puerta y puso en el sensor electrónico su tarjeta de identificación.
¡Clic!
Pasó la puerta de la calle luego que se identificara poniendo su pulgar sobre la pantalla del monitor para que le leyera la huella digital. Una voz mecánica le indicó que estaba autorizado para seguir y se abrió la segunda puerta.
¡Clic!
Al llegar a su piso tuvo que repetir la operación de la tarjeta de identificación para que quedara constancia que estaba en su sección y había llegado a la hora. Miró al aparato lector de la tarjeta que lo identifico y con una voz femenina aunque mecánica lo invitó a seguir abriéndole la puerta.
¡Clic!
Mientras estaban trabajando en su puesto innumerables monitores se paseaban observando a las personas que sabían que desde cada uno de ellos podían tener una comunicación directa con los supervisores que estaban en algún sitio observando el rendimiento de cada quien. En la mano el señor Dayer llevaba una computadora miniatura que servía para anotar y transmitir las evaluaciones y el rendimiento, los problemas y las preguntas que hacían los empleados y que a su vez él tenía que retransmitir a sus superiores al instante, todo al alcance de un toque de botón del que solo se oía un clic que producía una imagen inmediata en la diminuta pantalla digital que le resolvía todo lo que tenía que hacer. Su monitor personal miniatura le avisaba la hora de la comida y a cuál comedor tenía que ir, donde le esperaba el menú que él había ordenado antes de llegar al puesto designado, lo que le evitaba tener que hacer colas innecesarias y, por consiguiente, perder tiempo y efectividad, de modo que su unidad de trabajo se mantuviera al ritmo esperado por el organismo llamado Servicio de Producción Revolucionario, que se encargaba de que todo lo que se produjera estuviera de acuerdo a la demanda, reduciendo el desperdicio y aumentando la productividad la cual se había establecido de acuerdo a un objetivo que era medido diariamente, desde el lugar de producción hasta el punto de venta o de exportación, según fuera el caso del bien producido, alcanzando lugares tan remotos como las unidades granjas y las unidades de producción animal que también tenían que estar en constante comunicación con sus respectivos centros responsables, manejados por personas sentadas detrás de monitores que a su vez enviaban sus informaciones a otros más que estaban sentados detrás de otros monitores, y así sucesivamente enviando mensajes y recibiendo información, todo regulado por el sonido tan característico que hacía el aparato cuando encendía o apagaba la pantalla al hacer ¡clic!
El señor Dayer, a su vez, podía ir llevando cada minuto en su computadora manual los detalles de lo que iba haciendo con sus supervisados, al igual que su esposa podía ir enviando sus reportes desde su casa a la compañía donde trabajaba, y sus niños se comunicaban igualmente con sus instructores, preguntándoles, respondiéndoles, y enseñándoles sus ejercicios con sus computadoras. Todo en un abrir y cerrar de un ¡clic!
La señora Dayer podía ir enviando al supermercado más cercano el inventario constante de su despensa de modo que se lo fueran reponiendo al momento de la lista que la familia tenía asignada para cada mes y así cuando ella o su esposo fuera a buscarlo, le tendrían reunido el paquete, incluyendo el crédito que le habrían hecho a la cuenta del banco, todo en un solo y rapidísimo ¡clic!
Igualmente se solicitaba la cita al médico, a la peluquería o las vacaciones, porque los días de descanso también estaban regulados por el Sistema de Recreación y Descanso Revolucionario para que hubiera el mayor aprovechamiento del tiempo libre de todo el mundo. Las familias llenaban un cuestionario sobre sus deseos y prioridades, así como sus posibilidades económicas y sus disponibilidades de tiempo ya que las familias tenían prioridad sobre los solteros en los sitios y momentos a donde podían ir a pasar vacaciones, tanto dentro como fuera del país. Para ello hacían una solicitud que era estudiada y le respondían de acuerdo a lo que determinaran si podían complacerles, o en caso contrario, les hacían una contraoferta de otro sitio para aprovechar las vacaciones familiares. La playa o el campo, la montaña o un crucero estaban a la disposición siempre y cuando fuera aprobado a través de un solo ¡clic!.
Todo estaba regulado pero en eso era que consistía la eficiencia del sistema que le reducía la máximo la inseguridad a la gente y se lograba mantener el orden. No había colas innecesarias para nada: ni en el cine, ni en la farmacia, ni en el hospital, para solicitar, comprar, o devolver algo, todo se hacía frente a un receptor donde se veía a la persona que se encargaba de hacerle la transacción del otro lado de la pantalla en un par de segundos y con solo hacer un ¡clic!
En la tarde, cuando el señor Dayer regresaba a su casa se comunicaba con su centro de control local para avisar que estaba en su residencia. Esto permitía que en caso de que le necesitaran por alguna situación de emergencia o colaboración ciudadana, sabrían dónde contactarle. Esto le sucedió una vez cuando se desató un incendio en una casa cercana a la suya y le solicitaran que colaborara con la acción policial para evitar que cundiera el pánico en la cuadra y él tuvo que comprobar que cada familia estuviera en su vivienda y estuvieran dispuestos a evacuar la zona si fuera necesario. Era este tipo de actividades cívicas que se requerían de los ciudadanos para mantener el orden público que debía comenzar, como decían las instructoras en la pantalla del televisor, en la propia casa, manteniendo una casa ordenada y bien mantenida, un reflejo del orden Revolucionario, que redundaba en la eficiencia del país.
¡Clic!
La instructora de la televisión se presentó a las 6 y 15 puntualmente para ver que todo estaba en orden. Una rápida panorámica visual de la casa era complementada por el reporte que cada quien había hecho anteriormente. El señor Dayer lo había hecho desde su oficina al cerrar la faena. La señora Dayer lo había hecho desde su casa reportando que había concluido, no sólo con su trabajo sino con la supervisión de sus hijos y el arreglo de la casa. Los niños habían entregado sus deberes escolares y habían estudiado. La supervisora entrevistó directamente al señor Dayer y aprobó los resultados. El señor Dayer despidiéndose de la señora y sin consultar con su esposa simplemente pulsó el control. ¡Clic!
En la noche, cuando todos habían concluido todas sus labores, para ver en la pantalla los programas que habían sido solicitados y aprobados, se había recibido un listado para toda la semana por adelantado. Podía optarse por no verlos, pero de algunos programas que eran de tipo de instrucción ciudadana, había que hacer y enviar un informe donde se podía comprobar si lo habían visto y estudiado. Esto garantizaba una audiencia efectiva que redundaría en una ciudadanía capacitada y eficiente, es decir, en orden.
Todo se aprendía desde el monitor porque ya no había más libros ni periódicos ni nada impreso. El uso del papel se había reducido a lo más mínimo y escasamente se veía uno que otro, pues la eficiencia se demostraba en los resultados y no en cómo se obtenían, es decir, con el uso de papel que conducía al desperdicio, y por consiguiente en tener que botar y acumular basura, así como la tala indiscriminada de bosques que se habían reducido por la falta de agua por la escasez de agua a nivel mundial. En otras palabras, el mundo había dejado de escribir en papel, y por consiguiente de leer lo que se escribía en papel, y ahora todo se hacía en una computadora y se enviaba electrónicamente. El tiempo se había reducido a medidas inferiores al segundo, la distancia a medidas inexistentes, y la privacidad a instancias inferiores a un punto del ordenamiento legal, porque ahora todo estaba escrito en la Constitución que se podía ver en un canal especial para ello, con las explicaciones e interpretaciones al alcance de cualquier persona, y con la capacidad para hacer preguntas si las respuestas en la pantalla no fueran suficientes. Solamente había que hacer un ¡clic!
El Gobierno tenía la centralización de la información, pero eso era bueno porque podía informar a todo el mundo la misma cosa sin necesidad de que hubiera puntos de disidencia que confundieran a la población, como cuando hubo la última guerra que muchos querían saber qué se había logrado en el frente oriental, cuántos soldados, amigos y enemigos habían muerto, o estaban heridos, o cuáles ciudades de nuestros aliados habían sido bombardeadas, o si no habían sido bombardeadas, o si las reservas de alimentos eran suficientes, o tantas cosas que se querían saber y que como el Gobierno lograba mantener el control sobre la información se evitaba que cundiera el pánico y se desintegrara la estabilidad y la armonía que debía reinar en todas partes todo el tiempo.
La gente, todo el mundo podía estar informado al instante sobre todo lo que pasaba, desde su ciudad hasta el último rincón del mundo, y esa información estaba siempre a la disposición de todos en todas partes. En la calle, la gente podía ver grandes pantallas en las paredes de los edificios. En los autobuses, los metros y los trenes, todos los asientos tenían una pantalla pequeña que podía seguir enseñando las transmisiones que hacía el SIN. En los edificios públicos, en las paredes, había pantallas. Dentro de los ascensores, en los salones de espera donde quiera que hubiera gente, ahí estaban las pantallas con las voces familiares de los locutores que le decían a todos lo que estaba pasando, y como había un sistema de reconocimiento de imágenes, en los estudios podían reconocer a los televidentes y hablarles directamente, más aún si conocían el itinerario que el ciudadano hacía todos los días a la misma hora.
Ya no era como antes, pensaba el señor Dayer, cuando él era pequeño y había muchas estaciones de televisión además del internet y estaban a la disposición de todo el mundo, pero eso había cambiado hacía tiempo. Primero habían eliminado unos canales, luego otros y así hasta que finalmente quedó uno, el del Gobierno, y desde entonces tenían que ver solamente ese canal y utilizar una internet que también era operada por el Gobierno. El señor Dayer se acordaba de cómo él podía ver lo que él quería con solamente cambiar haciendo un clic, y lo hacía con mucho gusto, porque veía televisión por horas, y después de iba a la computadora y seguía operando sus controles en un sin cesar de clics que se multiplicaban, mientras él le negaba la conversación a todo el mundo porque estaba encerrado en su propio universo. Aún después que se casó, el señor Dayer prefirió ver a la pantalla que a su familia. ¡Cómo añoraba ese clic que le sumergía en un mundo que era hecho a su manera, alejado de la civilización que tanto le molestaba!
Las enormes pantallas como los ojos con los que se veía lo que todo el mundo tenía que ver, es decir, toda la información que se necesitaba para saber lo que se debía hacer. Y sin este flujo de información dirigida, entonces las partes se entorpecerían en sus funciones y el sistema se detendría, y sin dispararnos un solo tiro el enemigo triunfaría. Así lo decía el Sistema de Información Revolucionario cada vez que se encendía la pantalla. Eso era precisamente lo primero que decía, y lo primero que se tenía que entender y con lo primero que se tenía que estar de acuerdo porque quien no estuviera de acuerdo con eso, no lo iba a entender, y por consiguiente, no lo iba a seguir y su resultado era que iba a entorpecer a todo y a todos, y se iba a convertir en un enemigo peor aún que los que estaban afuera del país, porque éste ya estaba adentro, y a ese enemigo había que sacarlo lo más prontamente posible, y allí estaba la esencia del deber ciudadano, al colaborar con toda la ciudadanía a través del Sistema de Información Nacional. Esa era la explicación de cómo todos eran parte de ese uno que todo lo tenía que saber todo el tiempo para que todos estuvieran informados y pudieran rendir lo más posible, gracias a la televisión. Lo que el Gobierno no decía era que esos ojos también los veían a ellos constantemente porque así era como el Gobierno lo sabía todo, pero eso lo sabía el señor Dayer.
Esa noche, cuando el señor Dayer oyó el último clic, sus ojos no se pudieron cerrar porque sentía que su cerebro y todo su cuerpo sólo podía ser movido por el golpe del clic que ya lo oía dentro de su cabeza, aún estando de espaldas, o hablando con otra persona en el trabajo, o en la cama mientras hablaba con su esposa, o mientras hablaba con sus hijos, o mientras estaba en el baño, o cuando pensaba que quería hacer algo distinto y su cerebro le advertía con un clic que él mismo no sabía si lo había oído o imaginado. Lo sentía en todo su cuerpo. Lo sentía en su espalda porque ésta se enderezaba si la tenía torcida, o en la punta de sus dedos que buscaba el control para responderle que sí estaba atento a lo que le decían en la pantalla. El clic era parte de su vida, de la de su esposa, de la de sus hijos, de la de sus compañeros de trabajo porque llamarlos amigos hubiera sido una exageración por no decir una mentira, de sus vecinos a quienes solamente les hablaba para saludarles con una cortesía fingida de amistad que no existía porque él sabía que ellos también fingían tanto como él, de sus padres que se habían quedado en la distancia de la separación burocrática de una orden que solo permitía visitar a ciertas ciudades en ciertos momentos y para ciertos motivos. El clic que les regía la vida y la muerte también, porque después de un tiempo él empezó a creer que ese clic podía ser para restringirles los movimientos cuando empezó a sentir que no tenía ninguna privacidad, no digamos con su familia en general ni con su esposa en particular, sino con él mismo, cuando para hacer algo que él quería o necesitaba sentía que él mismo requería de una autorización de él mismo para no contradecir a su cerebro racional que había producido un clic interior para manejarle sus acciones. El señor Dayer ya se sentía como si él mismo se hubiera convertido en un aparato, que gracias a la alta tecnología que su país había generado, la tenía dentro de sí.
Y todo eso no era que simplemente lo hubiera imaginado sino que él lo había oído decir y hasta lo leyó un día cuando se encontró un panfleto subversivo en el metro, dándole el susto de su vida. Como todos los días, casi todo el tiempo viajaba de pie, pero ese día, por una casualidad logró sentarse, y al hacerlo, sintió que se había sentado sobre algo, y con disimulo metió la mano y sintió un papel, algo que no había sentido desde que estaba pequeño. Primero sintió pánico y luego curiosidad. Sintió que todo el mundo lo miraba, hasta que se dio cuenta que sí se había sentado sobre un papel y que tenía que ser que el que estaba sentado allí lo había dejado, o no lo había querido recoger, pero como no lo podía averiguar, tenía que optar por hacer lo mismo, o levantarse y dejarlo, o levantarse y llevárselo, y al fin llegó a la conclusión que lo más arriesgado era dejarlo porque podían creer que él lo había dejado a propósito, y lleno de miedo se lo llevó. Ese día en el trabajo no se podía concentrar y cada vez que veía un guardia sentía que lo estaba mirando exclusivamente a él, y en cuanto tuvo una oportunidad, entró al baño y lo leyó: estaba firmado por el Movimiento 1984, algo que él había oído pero que no sabía si existía, y allí mismo lo destruyó. El papel explicaba cómo el Gobierno estaba implantando chips en el cerebro para que la gente abriera y cerrara sus pensamientos desde un comando a distancia, para interceptarle los pensamientos a la gente, para que no pensaran lo que no debían, o para que solo pensara en lo que debía, y entonces, entonces fue cuando él creyó que estaba sintiendo ese sonido en el interior de su cabeza y que su cuerpo estaba respondiendo a ese clic. Entonces recordó que hacía pocas semanas él había ido al examen médico anual y lo habían dormido por un rato, y empezó a creer firmemente que él tenía uno implantado en su cerebro, y por consiguiente, él era ahora parte de esa máquina que era todo, todo lo que a él lo rodeaba, que era como una pieza, como un engranaje, que lo controlaban desde lejos, remotamente, de día y de noche, para que se levantara, se acostara, comiera, hablara, creyera, amara, y sobre todo, para que obedeciera. Y él sentía que ya ni siquiera sentía, que no tenía la pasión de la voluntad, ni la capacidad para oponerse o plegarse, que no tenía voluntad sino que sencillamente no tenía nada dentro de sí. Que estaba vacío por dentro y entonces se acordó que así era él cuando se refugiaba en su computadora cuando quería aislarse del mundo que le rodeaba.
En su cama, esa noche el señor Dayer finalmente fue vencido por el sueño y no pudo saber si soñaba, si estaba despierto, si estaba aquí o estaba allá. Salió y entró a sus recuerdos y pasó por sus imaginaciones, vio sus temores, vio sus angustias, vio sus males, hasta que dejó de ver todo, y agotado, se rindió.
Esa otra mañana sintió que lo llamaban desde lejos hasta que él se fue acercando o alguien se fue acercando a él, y cuando sintió que todavía estaba en la cama porque su cuerpo lo sintió en la cama, vio que su esposa estaba a su lado con el control remoto en la mano apuntando hacia el aparato que estaba esperándolo, y no pudo hablarle porque estaba aterrado de haberse quedado dormido y faltado a la regla de encender el monitor, entonces su esposa lo miró y le preguntó, ¿te molesta si enciendo la televisión?, y sin esperar su respuesta ella solamente hizo lo que tenía que hacer: ¡Clic!

Luis Salomón Barrios
Escritor
Luis Salomón Barrios S. nació en Venezuela, ha vivido y estudiado en Europa, donde viajó por Europa Occidental y Oriental, incluyendo extensamente a la URSS. En los Estados Unidos estudió en la universidad jesuita St. Louis University, obteniendo los títulos de A.B., M.A. y PhD. en Relaciones Internacionales y Política Latinoamericana. A su regreso a los Estados Unidos en 1998 se residenció con su familia en Orlando, Florida, donde trabajó como periodista y analista político, docente universitario y traductor para varias compañías.

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